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Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh, clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. Para que nos hagamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La autoría de esta poderosa oración se ha perdido entre los pliegues de los siglos casi como si Dios y la Virgen quisieran que todos nos la apropiasemos para rezarla desde el alma.
Sin embargo, se atribuye a un monje alemán llamado Hermann y mejor conocido como El Contrahecho, conocido así debido a la enfermedad y a la deformidad de su cuerpo, que padeció desde la más tierna edad, allá por los años del 1000 al 1100, pero que nos heredó este fruto de su alma sensible al amor de Dios y de la Virgen. Se sabe, también, que unos cientos de años más tarde, san Bernardo de Claravall, autor del Acordaos, agregó las líneas exclamativas a la Salve de Hermann.