De la libertad

Atima Silencio llegaba al límite de su fuerza. Y las palabras que el amo de la hacienda le había dicho el día que le dio la libertad, volvían sin cesar a su memoria: ‘Escuchá bien esto, ¡vas a volver pronto! ¡Vas a volver suplicando! ¿Cómo imaginás la libertad, desgraciada? Anda nomás…, que ya te voy a ver con la mano extendida’.
El amo tenía razón. La libertad era atroz, era amarga.

El espejo africano, Liliana Bodoc