Estrella de hielo

Gabriela corría primero, pero pronto comenzó a volar. Las noticias eran terribles. El corazón iba con tal reciura que lo tenía entumecido igual que entumecido tenían el cuerpo los indigentes de París. Sus ojos eran incapaces de lágrimas. París moría asolado. Desolado. La cruel lluvia helada había dejado la ciudad en total aislamiento; nada producía calor ni alimento. Las imágenes emergían rápidas y yuxtapuestas en su pensamiento como una sesión fotográfica. Gabriela veía hombres de mirada moribunda y mujeres de rostros afilados sosteniendo niños cadavéricos.

Volaba sobre cumbres de una tierra ignota cuando supo que la lluvia había cesado. Encontró entonces a Gabriel. No se habían visto antes pero se reconocieron. Con rapidez se dirigieron a Paris. Ella fue la primera que descubrió la estrella. ¡Preciosa estrella que brillaba con una luz clarísima!¡Preciosa estrella dolorida! La dulzura de su corazón rozaba finamente ese cuerpo extraño y maravilloso; lo recogió arrimándolo junto a su pecho.

Entonces llegó Gabriel. Lo tomó de entre sus manos y lo engarzó en un armazón de oro, labrado y de la medida perfecta, la estrella caída vertía una lucecita suave y firme desde su centro transparente. Gabriel se elevó lentamente. Con la mirada le dijo adiós y se perdió entre las nubes.

Gabriela comprendió entonces que se había llevado su propio corazón.