Depresión

Las palabras están enfermas porque nadie las comprende. Padecen polisemia.

Se juntan unas con otras, se solidarizan, pero los hombres

tienen la mirada perpleja.

Danzan entonces con sus formas promiscuas.

Se disfrazan de aromas

                                  y de colores adquieren quintaesencia.

Mas los hombres tienen la mirada perpleja.

Por montones acuden al sillón del siquiatra que rara vez aclara su espíritu convexo;

otras comienzan civitas dei que culminan en peregrinaciones a La Meca.

Algunas no soportan, se suicidan; otras

planean ataques terroristas; y otras absurdas deambulan posesas.

 Y los hombres, convencidos, tienen la mirada perpleja.

Un encuentro difícil

«El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también, pero sus ojos deteriorados no entienden lo que ven: bajo el pelo empapado y la ancha frente y las cejas pobladas de gotas la mirada del soldado no expresa compasión ni odio, ni siquiera desdén, sino una especie de secreta e insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras solo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierne o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua marrón de la hoya, y que grita con fuerza al aire sin dejar de mirarlo:

–¡Aquí no hay nadie!»

Soldados de Salamina, Javier Cercas 2017