Una mujer me había dicho que yo era el número 100 823. Pero, ¿de qué ‘cosa’ era yo tal número? También un hombre me alcanzó enfrente del salón donde había estado hablando con la doctora en judaísmo y me dio su número telefónico, lo miré detenidamente tratando de guardarlo en la memoria, pero le entendí mal y pensé que había dicho que se lo entregara a la sinodal, y eso hice. Lamentable fue que después no recordaba ni siquiera un número de aquella cifra. Y que en realidad me lo había dado para que él y yo estuviéramos en contacto. Así que muy tarde comprendí que era para mí.
Pero anoche pasó algo verdaderamente extraño. Estaba en el sofá tomando café y charlando con mi prima hermana María cuando sonó el teléfono. Mi prima levantó el auricular y contestó. Era la Priora. Mi prima me pasó la bocina. Quería avisarme que me había mandado el boleto con su mamá; ella, su madre, estaba de camino a casa, en México, porque había ido a verla a España, y, aprovechando el viaje y la confianza, me había puesto el boleto en sus manos. El número de vuelo era el 1704. Para el día 11. Y su madre llegaría el martes. Apenas tres días después, ya que estábamos en el anochecer de un domingo lluvioso. “Está bien”, le dije. Y nos despedimos. Al colgar recordé que la Priora es del Perú y que su madre radica en Ayacucho. Era increíble que viniera a México sólo por dejar mi billete. Pero lo más extraño fue que volviera ‘a casa en México’. No dije nada y me fui a preparar la maleta porque no había mucho tiempo.
Recogí algo de ropa y salí de casa. Me dirigí a la parroquia para hablar con el padre, pero no lo encontré. Me invitaron a esperarlo y acepté; el tiempo apremiaba y no quería irme sin hablar con él. Mientras tanto me pasaron a una habitación donde no había un sofá sino una cama; me dijeron que podía acomodar mis cosas, así que, sentándome sobre la cama, puse mi maleta a un lado y abriéndola saqué un paquete de copias. Muy claras, en letra tipo times cursiva número doce. Me gustaron. Por alguna razón que no comprendí, el título principal lo había escrito a mano, también con letra cursiva, grande y clara. Leí con gozo íntimo: Alabanzas al Espíritu Santo. Adoración. Me serían tan útiles en el trabajo pastoral que iba a comenzar y que me había encomendado el padre, como aquella vez en que me mandó a caminar con la imagen de la Virgen.
Me sentí feliz cuando me fui por el camino de la puerta lateral. Era muy soleado el tiempo y con el prado tan salpicado de arbustos y árboles.