Al parecer, la mestiza llevaba las enaguas alzadas y brillaban las pantorrillas húmedas, sus pies menudos y sus dedos frescos confirmaron las proporciones perfectas del cuerpo, y eso fue lo primero que Pedro vio. Que si la trenza era gruesa, abundante y negra, que si la nariz pequeña y recta, que si la piel era blanca y los ojos cristalinos con el brillo de la luz lo supo con una punzada en el pecho. No era un niño. Sabía de mujeres tanto como se lo permitía el ir y venir entre mozas y esclavas de sus últimos diez años. Pero la mano suave que le tendió el jarro lleno de agua fresca aquella tarde se quedó en su mente para siempre, o por lo menos durante muchos años. Si pasó un mes o un año no se sabe, pero así fue que desde entonces Mariana se encargó de servir el desayuno del señor, el almuerzo del señor, la comida del señor, la cena del señor, y todo lo que Pedro necesitó, y así fue también que hablaron de sus vidas, y él se conmovió por la historia desafortunada de Mariana, y ella admiró los trabajos por la fortuna recibida.
El confesor de Pedro, un joven párroco recalcitrante y puritano, observante de que el cirio blanco fuera verdaderamente blanco, fue el primero que supo sobre la palabra dada entre ellos, y claramente advirtió la inconveniencia. Fue quien puso en hilos a doña Teresa apenas verla, eso sí, sin violar el voto del secreto de confesión. Que se anduviera con cuidado de las mujeres que entraban a la casa, que esas desavenidas son mañosas, aunque tengan cara de buenas, y que, en fin, él cumplía con ponerla en aviso por agradecerle las limosnas que tan piadosamente entregaba. La limosna no era poca, claro. Desde el acompañamiento por la tempestiva agonía de su esposo, doña Teresa no escatimó en gastos. Su generosidad alcanzó los siete mil pesos tan solo entre el entierro de gran pompa, que tuvo treinta sacerdotes de capa y cincuenta indios cantores alzando el réquiem al cielo, con nueve descansos divinamente ataviados con tela negra donde el humo de las velas y el murmullo de los acompañantes daban la impresión de un enjambre, y un novenario de misas cantadas, con ofrenda, vigilia y sermón. Pagaba también una lista de cien misas por las ánimas del santo purgatorio, y alrededor de quinientas repartidas entre la Virgen Santísima, san José, san Francisco, con cuyo hábito habían amortajado el cuerpo, y de tantos otros santos como fuere necesario para cumplir con la santa madre Iglesia. Y, para las honras, durante el mes de agosto en que había descansado en paz Ramón, se mandaba el novenario de misas cantadas, con sermón incluido, además de una generosa contribución a la fiesta patronal por tres años consecutivos, es decir, por tres aniversarios, pagando desde la vestimenta de los bachilleres que antes ya habían acompañado el cuerpo, hasta la cerería y los cohetes de las vísperas. Y todo por el mismo bien: la salvación del alma del difunto.
Por otra parte, el cura ya había tomado cartas en el asunto, y como era también el confesor de Mariana, había empezado por lo primero, que era sermonear a la muchacha y ponerla en su lugar. Una pobre huérfana no puede aspirar a tanto, no puede ser tan atrevida, ¿qué aportas al matrimonio? Pones en riesgo a don Pedro, es más, tú misma vas a sufrir. Le dijo. Es de suponerse que los argumentos del buen hombre eran, hasta cierto punto, ciertos y sinceros. O tal vez más ciertos que sinceros. ¿Qué ganaba él con que ese matrimonio no se llevara a cabo? Los pesos que daba Teresa bien podía regalarlos Pedro, lo comprendía, o por lo menos lo imaginaba. Pero también conocía los alcances de doña Teresa, y no era conveniente que fuera a platicar con la esposa del gobernador, ni con algunas mujeres de los hombres del cabildo, y mucho menos era conveniente que se tomara el asunto en mano propia, que era peor, como sucedió.
Mariana no era tonta, pero no sabía de dar batallas; su arreo era estar tranquila y sobrevivir. A pesar de eso, no se intimidó a las primeras. Y dio fe de que su amor por Pedro era sincero, que su amor bastaba para sobrellevar cualquier problema, que ella le amaba y que él le correspondía en los mismos términos. El mismo Pedro mostró la intención recta de sus amores y le pidió al santo cura que por favor hablara con su madre, porque había puesto el grito en el cielo para subir sus apuestas. Esa unión no se llevaría a cabo. Aunque pronto comprendió que el cura era otro problema. Así que fue a Valladolid, él a caballo según para viajar rápido y ligero, pero al paso de una caravana que se atascó más de dos veces y que tuvo el eje de la rueda destrozado otras tantas, y fue casi exclusivamente para hablar con el obispo y pedirle que mandara al cura no suscitar dimes y diretes en la comunidad, y menos entre madres e hijos que siempre habían tenido entendimiento y amor. El señor obispo lo recibió a las quinientas y le dictó a su secretario unas líneas dirigidas al santo. Y el santo miró el papel fijando los ojos, luego lo doblo, y resolvió que todo seguía en las mismas. Finalmente, así las cosas, Pedro no encontró quién lo casara con Mariana, y Mariana estuvo sometida a los vientos que doña Teresa quiso soplar antes de que los dos se dieran cuenta.
Continuará