Las tres mujeres (2ª. parte)

Al parecer, la mestiza llevaba las enaguas alzadas y brillaban las pantorrillas húmedas, sus pies menudos y sus dedos frescos confirmaron las proporciones perfectas del cuerpo, y eso fue lo primero que Pedro vio. Que si la trenza era gruesa, abundante y negra, que si la nariz pequeña y recta, que si la piel era blanca y los ojos cristalinos con el brillo de la luz lo supo con una punzada en el pecho. No era un niño. Sabía de mujeres tanto como se lo permitía el ir y venir entre mozas y esclavas de sus últimos diez años. Pero la mano suave que le tendió el jarro lleno de agua fresca aquella tarde se quedó en su mente para siempre, o por lo menos durante muchos años. Si pasó un mes o un año no se sabe, pero así fue que desde entonces Mariana se encargó de servir el desayuno del señor, el almuerzo del señor, la comida del señor, la cena del señor, y todo lo que Pedro necesitó, y así fue también que hablaron de sus vidas, y él se conmovió por la historia desafortunada de Mariana, y ella admiró los trabajos por la fortuna recibida.

El confesor de Pedro, un joven párroco recalcitrante y puritano, observante de que el cirio blanco fuera verdaderamente blanco, fue el primero que supo sobre la palabra dada entre ellos, y claramente advirtió la inconveniencia. Fue quien puso en hilos a doña Teresa apenas verla, eso sí, sin violar el voto del secreto de confesión. Que se anduviera con cuidado de las mujeres que entraban a la casa, que esas desavenidas son mañosas, aunque tengan cara de buenas, y que, en fin, él cumplía con ponerla en aviso por agradecerle las limosnas que tan piadosamente entregaba. La limosna no era poca, claro. Desde el acompañamiento por la tempestiva agonía de su esposo, doña Teresa no escatimó en gastos. Su generosidad alcanzó los siete mil pesos tan solo entre el entierro de gran pompa, que tuvo treinta sacerdotes de capa y cincuenta indios cantores alzando el réquiem al cielo, con nueve descansos divinamente ataviados con tela negra donde el humo de las velas y el murmullo de los acompañantes daban la impresión de un enjambre, y un novenario de misas cantadas, con ofrenda, vigilia y sermón. Pagaba también una lista de cien misas por las ánimas del santo purgatorio, y alrededor de quinientas repartidas entre la Virgen Santísima, san José, san Francisco, con cuyo hábito habían amortajado el cuerpo, y de tantos otros santos como fuere necesario para cumplir con la santa madre Iglesia. Y, para las honras, durante el mes de agosto en que había descansado en paz Ramón, se mandaba el novenario de misas cantadas, con sermón incluido, además de una generosa contribución a la fiesta patronal por tres años consecutivos, es decir, por tres aniversarios, pagando desde la vestimenta de los bachilleres que antes ya habían acompañado el cuerpo, hasta la cerería y los cohetes de las vísperas. Y todo por el mismo bien: la salvación del alma del difunto.

Por otra parte, el cura ya había tomado cartas en el asunto, y como era también el confesor de Mariana, había empezado por lo primero, que era sermonear a la muchacha y ponerla en su lugar. Una pobre huérfana no puede aspirar a tanto, no puede ser tan atrevida, ¿qué aportas al matrimonio? Pones en riesgo a don Pedro, es más, tú misma vas a sufrir. Le dijo. Es de suponerse que los argumentos del buen hombre eran, hasta cierto punto, ciertos y sinceros. O tal vez más ciertos que sinceros. ¿Qué ganaba él con que ese matrimonio no se llevara a cabo? Los pesos que daba Teresa bien podía regalarlos Pedro, lo comprendía, o por lo menos lo imaginaba. Pero también conocía los alcances de doña Teresa, y no era conveniente que fuera a platicar con la esposa del gobernador, ni con algunas mujeres de los hombres del cabildo, y mucho menos era conveniente que se tomara el asunto en mano propia, que era peor, como sucedió.

Mariana no era tonta, pero no sabía de dar batallas; su arreo era estar tranquila y sobrevivir. A pesar de eso, no se intimidó a las primeras. Y dio fe de que su amor por Pedro era sincero, que su amor bastaba para sobrellevar cualquier problema, que ella le amaba y que él le correspondía en los mismos términos. El mismo Pedro mostró la intención recta de sus amores y le pidió al santo cura que por favor hablara con su madre, porque había puesto el grito en el cielo para subir sus apuestas. Esa unión no se llevaría a cabo. Aunque pronto comprendió que el cura era otro problema. Así que fue a Valladolid, él a caballo según para viajar rápido y ligero, pero al paso de una caravana que se atascó más de dos veces y que tuvo el eje de la rueda destrozado otras tantas, y fue casi exclusivamente para hablar con el obispo y pedirle que mandara al cura no suscitar dimes y diretes en la comunidad, y menos entre madres e hijos que siempre habían tenido entendimiento y amor. El señor obispo lo recibió a las quinientas y le dictó a su secretario unas líneas dirigidas al santo. Y el santo miró el papel fijando los ojos, luego lo doblo, y resolvió que todo seguía en las mismas. Finalmente, así las cosas, Pedro no encontró quién lo casara con Mariana, y Mariana estuvo sometida a los vientos que doña Teresa quiso soplar antes de que los dos se dieran cuenta.

Continuará

Las tres mujeres

Aunque es un recurso gastado comenzaré así. Primero porque así sucedió, y segundo porque nunca he tenido mucha imaginación. Hace unos días me llegó algo inesperado. El sobre de un hombre que no conocía, pero cuya letra me recordó los manuales de caligrafía que hojeé en aquellos años de estudiante en la preparatoria. El sobre blanco contrastaba con el papel amarillento de la carta, tenía unas leves manchas de humedad y tenía fecha de siete semanas atrás.

Tenía mi nombre, sí. ¿Era para mí? No lo sé. Tal vez solo equivocó los datos. Saben los que me conocen que soy taciturno, de horarios fijos y de pocas relaciones sociales. Voy a la oficina a las seis de la mañana, al llegar enciendo la computadora y me la paso capturando datos que me envían los de mercado, y salgo a las seis cuando el sol nada más se intuye por la luz blanca de la tarde. Así que me sorprendió recibir un sobre. Sin embargo, ya que estuvo entre mis dedos lo abrí con emoción contenida, y descubrí que esa letra era fácil de leer. Así me encontré con la vida de tres mujeres, tres historias cortas que les referiré aquí.

Mariana fue una mestiza pobre, y aunque quien escribe alaba su belleza, remarca que tenía dos grandes defectos, dichos ya, que era pobre y que era mestiza. Se enamoró de Pedro el heredero de la hacienda y de la mina de plata, y Pedro se enamoró de ella. Por una vez en la vida amó, y su amor fue tal que no usó de sus derechos de amo y le pidió matrimonio. ¡Qué feliz se vio Mariana! El trabajo en la cocina de pronto estuvo iluminado, acarrear agua, ir al huerto, destazar las aves, todo escondía, como dicen, el brillo y la esperanza del amor. Y Mariana le quería, no por la hacienda ni por la mina, le quería por que sí, porque tenía la mejor estampa del mundo, porque los castigos más grandes que infringía a los esclavos eran horas extras de trabajo, y jamás dio orden de azotar o de matar, ni siquiera cuando acusaron a Juan y a Miguel por haberse llevado medio costal de maíz.

Todos sabían que Mariana era huérfana. De su abuelo se decía que había sido un bastardo dedicado a robar ganado por el sur, y que llegó al pueblo a malgastar el dinero. Su padre, un hijo de la casualidad, llegó a la hacienda con una escuincla de escasa edad y cuerpo irrisorio, trabajó como campesino y murió un par de años después. No había más. Nunca supo quién fue su madre. A ella la había parido el aire. Se arrimó en la cocina donde le regalaban un poco de comida, se ofrecía a ir por agua, a lavar las piedras del camino por el que entraban y salían ya que no le permitían entrar, y así creció a la sombra de la mendicidad y la compasión. La cocinera, una rechoncha y buena mujer, le dio una muda de ropa y la mandó bañar, comprendió que la niña no era niña sino mujer, y que pronto estaría al alcance de los hombres, así que habló con doña Teresa que le permitiera tener una ayudante, que por su edad la requería, que le rogaba mucho, que no costaría más que dos platos de comida y unas mudas de ropa, y que, en cambio, si buscaban otra podía costar hasta un jacal para vivienda. Y así entró Mariana a la hacienda. Y lo que nunca, por esas cosas que dicen del azar o del destino, a una hora moribunda entro Pedro a buscar agua.

Continuará.