Aunque es un recurso gastado comenzaré así. Primero porque así sucedió, y segundo porque nunca he tenido mucha imaginación. Hace unos días me llegó algo inesperado. El sobre de un hombre que no conocía, pero cuya letra me recordó los manuales de caligrafía que hojeé en aquellos años de estudiante en la preparatoria. El sobre blanco contrastaba con el papel amarillento de la carta, tenía unas leves manchas de humedad y tenía fecha de siete semanas atrás.
Tenía mi nombre, sí. ¿Era para mí? No lo sé. Tal vez solo equivocó los datos. Saben los que me conocen que soy taciturno, de horarios fijos y de pocas relaciones sociales. Voy a la oficina a las seis de la mañana, al llegar enciendo la computadora y me la paso capturando datos que me envían los de mercado, y salgo a las seis cuando el sol nada más se intuye por la luz blanca de la tarde. Así que me sorprendió recibir un sobre. Sin embargo, ya que estuvo entre mis dedos lo abrí con emoción contenida, y descubrí que esa letra era fácil de leer. Así me encontré con la vida de tres mujeres, tres historias cortas que les referiré aquí.
Mariana fue una mestiza pobre, y aunque quien escribe alaba su belleza, remarca que tenía dos grandes defectos, dichos ya, que era pobre y que era mestiza. Se enamoró de Pedro el heredero de la hacienda y de la mina de plata, y Pedro se enamoró de ella. Por una vez en la vida amó, y su amor fue tal que no usó de sus derechos de amo y le pidió matrimonio. ¡Qué feliz se vio Mariana! El trabajo en la cocina de pronto estuvo iluminado, acarrear agua, ir al huerto, destazar las aves, todo escondía, como dicen, el brillo y la esperanza del amor. Y Mariana le quería, no por la hacienda ni por la mina, le quería por que sí, porque tenía la mejor estampa del mundo, porque los castigos más grandes que infringía a los esclavos eran horas extras de trabajo, y jamás dio orden de azotar o de matar, ni siquiera cuando acusaron a Juan y a Miguel por haberse llevado medio costal de maíz.
Todos sabían que Mariana era huérfana. De su abuelo se decía que había sido un bastardo dedicado a robar ganado por el sur, y que llegó al pueblo a malgastar el dinero. Su padre, un hijo de la casualidad, llegó a la hacienda con una escuincla de escasa edad y cuerpo irrisorio, trabajó como campesino y murió un par de años después. No había más. Nunca supo quién fue su madre. A ella la había parido el aire. Se arrimó en la cocina donde le regalaban un poco de comida, se ofrecía a ir por agua, a lavar las piedras del camino por el que entraban y salían ya que no le permitían entrar, y así creció a la sombra de la mendicidad y la compasión. La cocinera, una rechoncha y buena mujer, le dio una muda de ropa y la mandó bañar, comprendió que la niña no era niña sino mujer, y que pronto estaría al alcance de los hombres, así que habló con doña Teresa que le permitiera tener una ayudante, que por su edad la requería, que le rogaba mucho, que no costaría más que dos platos de comida y unas mudas de ropa, y que, en cambio, si buscaban otra podía costar hasta un jacal para vivienda. Y así entró Mariana a la hacienda. Y lo que nunca, por esas cosas que dicen del azar o del destino, a una hora moribunda entro Pedro a buscar agua.
Continuará.