Brindis

Laura Victoria

Voy a partir de nuevo.
Mi camino sin alba y sin ocaso,
en esta noche es turbio interrogante
sobre el vaivén azul del pensamiento,
y en la pálida copa del champaña
mis labios como pétalos de ópalo
inician con su angustia
la vieja caravana del silencio.

Mañana será el mar, la lejanía,
la blanca inmensidad de los recuerdos,
la arena tibia de la playa ardiente,
el cielo claro, el barco solo
en la pleamar de plata,
y a lo lejos como una desbandada,
la luna del olvido en los pañuelos.

Yo misma no sé nada.
No sé qué busco, ni por qué me alejo.
Sólo sé que hay más calma en el oleaje,
más ternura en la brisa
y más fuego en el alma
ligera y veleidosa de los puertos.

Una tarde charolada de brea
me besó un marinero;
tenía dieciocho años,
el cuerpo ágil de color de ámbar,
los músculos de bronce,
la boca extraña como flor de sangre.
Y las pupilas límpidas
eran bajo el palmar de las pestañas
dos horizontes sobre el mar abierto.

Desde entonces hay noche en mis estíos,
y su sonrisa niña
puebla mis soledades
de ninfas y de efebos;
desde entonces sus ojos me persiguen
y al mirar otros ojos
sus pestañas insomnes
suspenden mi deseo.
Porque en todas las bocas que he besado
sólo busco la leche de su aliento,
sólo busco la seda de sus labios
y el sopor deleitoso de sus besos.

¡Por ese niño de cabellos claros,
esta copa de olvido alegre bebo!

Ven, ven, Señor, no tardes

Villancico número 2 en el cuadernillo

Ven, ven, Señor no tardes,
ven, ven que te esperamos;
ven, ven, Señor no tardes:
¡Ven pronto, Señor!
 
El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor;
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.
 
Ven, ven, Señor no tardes,
ven, ven que te esperamos;
ven, ven, Señor no tardes:
¡Ven pronto, Señor!
 
Envuelto en sombría noche,
el mundo sin luz no ve;
buscando  va una esperanza,
buscando, Señor, tu fe..
 
Ven, ven, Señor no tardes,
ven, ven que te esperamos;
ven, ven, Señor no tardes:
¡Ven pronto, Señor!
 
AL mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo ,
al mundo le faltas tú.
 
Ven, ven, Señor no tardes,
ven, ven que te esperamos;
ven, ven, Señor no tardes:
¡Ven pronto, Señor!
 

Tabaquería

Fernando Pessoa

No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,

de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es

(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),

dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,

a una calle inaccesible a todos los pensamientos,

real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,

con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,

con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,

con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.

Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme

y no tuviese otra fraternidad con las cosas

que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle

la fila de vagones de un tren, y una partida pintada

desde dentro de mi cabeza,

y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.

Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo

a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,

y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.

Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.

El aprendizaje que me impartieron,

me apeé por la ventana de las traseras de la casa.

Me fui al campo con grandes proyectos.

Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,

y cuando había gente era igual que la otra.

Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?

¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?

¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!

¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!

¿Un genio? En este momento

cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,

y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,

ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.

No, no creo en mí.

¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!

Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…

¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo

no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?

¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas

-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,

y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero

ni encontrarán quien les preste oídos?

El mundo es para quien nace para conquistarlo

y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.

He soñado más que lo que hizo Napoleón.

He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,

he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.

Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,

aunque no viva en ella;

seré siempre el que no ha nacido para eso;

seré siempre el que tenía condiciones;

seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta

y cantó la canción del Infinito en un gallinero,

y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.

¿Creer en mí? No, ni en nada.

Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente

su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,

y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.

Esclavos cardíacos de las estrellas,

conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;

pero nos despertamos y es opaco,

nos levantamos y es ajeno,

salimos de casa y es la tierra entera,

y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,

come chocolatinas!

Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,

mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.

¡Come, pequeña sucia, come!

¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!

Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,

lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré

la caligrafía rápida de estos versos,

pórtico partido hacia lo Imposible.

Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro

la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,

y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,

o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,

o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,

o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,

o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,

o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,

o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,

todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!

Mi corazón es un cubo vaciado.

Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco

a mí mismo y no encuentro nada.

Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,

veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,

veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,

veo a los perros que también existen,

y todo esto me pesa como una condena al destierro,

y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,

y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.

Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,

y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído

(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);

puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo

y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,

y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.

El disfraz que me puse estaba equivocado.

Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.

Cuando quise quitarme el antifaz,

lo tenía pegado a la cara.

Cuando me lo quité y me miré en el espejo,

ya había envejecido.

Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.

Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario

como un perro tolerado por la gerencia

por ser inofensivo

y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,

ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,

y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,

pisoteando la conciencia de estar existiendo

como una alfombra en la que tropieza un borracho

o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.

Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,

y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.

Morirá él y moriré yo.

Él dejará la muestra y yo dejaré versos.

En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.

Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,

y la lengua en que fueron escritos los versos,

morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.

En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente

continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,

siempre una cosa enfrente de la otra,

siempre una cosa tan inútil como la otra,

siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,

siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),

y la realidad plausible cae de repente encima de mí.

Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,

y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos

y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.

Sigo al humo como a una ruta propia,

y disfruto, en un momento sensitivo y competente,

la liberación de todas las especulaciones

y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla

y continúo fumando.

Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera

a lo mejor sería feliz.)

Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).

Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.

(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)

Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.

Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! y el Universo

se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

El camino que lleva a Belén o el niño del tambor

Villancico número 5 del cuadernillo

El camino que lleva a Belén
baja hasta el valle que la nieve cubrió,
los pastorcillos quieren ver a su Rey,
le traen regalos en su humilde zurrón
ropo pom pom, ropo pom pom
ha nacido en un portal de Belén
el Niño Dios.


Yo quisiera poner a tus pies
algún presente que te agrade, Señor,
más tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor
ropo pom pom, ropo pom pom
en tu honor frente al portal tocaré
con mi tambor.


El camino que lleva a Belén
yo voy marcando con mi viejo tambor,
nada mejor hay que te pueda ofrecer,
su ronco acento es un canto de amor
ropo pom pom, ropo pom pom
cuando Dios me vio tocando ante él
me sonrió.

Palabras que juegan

“Y el elefante, El elefante, ya lo dije otro día, es otra cosa, en un elefante hay dos elefantes, uno que aprende lo que se le enseña y otro que persiste en ignorarlo todo, Cómo sabes tú eso, He descubierto que soy tal cual el elefante, una parte de mí aprende, la otra ignora lo que la otra parte aprendió, y tanto más va ignorando cuanto más tiempo va viviendo, No soy capaz de seguirte en esos juegos de palabras, No soy yo quien juega con las palabras, son ellas las que juegan conmigo”

El viaje del elefante, José Saramago.

Dime, niño, de quién eres

Villancico número 8 del cuadernillo

Dime, niño, de quién eres
todo vestido de blanco.
Dime, niño, de quién eres
todo vestido de blanco.

Soy de la Virgen María
y del Espíritu Santo,
soy de la Virgen María
y del Espíritu Santo.

Que suenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y que viva el Niño Dios
que nació esta Noche Buena.

Dime, niño, de quién eres
y si te llamas Jesús,
dime, niño, de quién eres
y si te llamas Jesús.

Soy Amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz,
soy Amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz

Que suenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y que viva el Niño Dios
que nació esta Noche Buena.

Dualidad

Laura Victoria

Yo misma no lo sé, pero vencida,
rendí a su orgullo mi virtud pagana,
y fui por un momento cortesana,
en el sarcasmo de mi propia vida.

Con beso ausente refresqué su herida,
absorta en él me le fingí lejana,
su voluntad despedacé liviana
y su pasión hallóme arrepentida.

Fue un instante no más. Placer no hubo.
Pero su boca entre mi boca tuvo
amor y angustia, languidez y olvido.

Sobre el cansancio me tendí cobarde
y fui para su anhelo aquella tarde
tan grande y cruel como jamás lo he sido.