La paloma

Llegó hasta mí. Se posó suavemente y contemplé su plumaje blanco y un par de manchas grises y azuladas, parecidas a los pies de las nubes que traen la buena nueva de la lluvia.

Me alegré mucho al verla llegar; quise cogerla y estiré la mano derecha pero ella dio un corto brinquito, huyendo apenas de mí, casi fingiendo. La miré con ternura, y decidí no tocarla cuando comprendí que estaba lastimada de una pata; al menos eso mostraba en su conducta, aunque luego alcancé a verle la pata izquierda y tenía un suave color rosado, como de buena salud.

Me quedé contenta y me conformé con su llegada. Resolví no intentar tocarla, pero ofrecerle de comer. La miré otra vez, echadita y tranquila, y me vi a mí misma, de pie.