Volvieron. Fue en la noche del 25, en las vísperas de la Reverberación de Santa Teresa la Mayor. Estaba acostada donde dormía antes de venirme a la casa de la ciudad, a la entrada del cuarto de teja en aquel galerón tan fresco que había levantado tío Talo. Ya era entrada la noche cuando comenzaron a llegar.
Los presentí poco antes porque sentí luego ese espanto sin motivo que suele anticiparlos; la piel se llena de pequeñas contracciones que erizan los vellos, en el corazón se forman bolsas de aire que ahuecan, y la mente se pone alerta. Y, efectivamente, llegaron. Pero ahora tenían pequeñas cabezas y no eran invisibles como suelen serlo. Además, tampoco era uno, grande, sino que eran muchos y pequeños; como cabras diminutas en manada se subieron arriba de mí, avanzando, trepándose por mis senos y deslizándose por mi vientre, alcanzando mis piernas y las puntas de los dedos de mis pies. Me llené de su fealdad en un instante y me convertí en un campo abierto, con una geografía hirsuta, árida. Y Pánico cabalgó desde los cuatro puntos cardinales como un viento. Violento. Creando un fuerte centro de choque.
En el momento en que me creí perdida recuperé la consciencia. Y volví sobre mí como quien se vuelve ansiando encontrar víveres para la supervivencia. Y así, en un jirón de mí sobre mí, pensé en Dios. Y confié. Al cabo de un rato, no se dónde se formó un corazón, extraño, suave, vivo y al mismo tiempo dibujado, y supe que era tu corazón, y que ellos se marcharían sin secuelas ni retorno, y que tú te quedarías conmigo. Y ya no importó que ellos estuvieran encima de mí porque no podían tocarme; siendo mi cuerpo sobre el que caminaban, yo estaba contigo, junto a tu corazón.