Espanto

Volvieron. Fue en la noche del 25, en las vísperas de la Reverberación de Santa Teresa la Mayor. Estaba acostada donde dormía antes de venirme a la casa de la ciudad, a la entrada del cuarto de teja en aquel galerón tan fresco que había levantado tío Talo. Ya era entrada la noche cuando comenzaron a llegar.

Los presentí poco antes porque sentí luego ese espanto sin motivo que suele anticiparlos; la piel se llena de pequeñas contracciones que erizan los vellos, en el corazón se forman bolsas de aire que ahuecan, y la mente se pone alerta. Y, efectivamente, llegaron. Pero ahora tenían pequeñas cabezas y no eran invisibles como suelen serlo. Además, tampoco era uno, grande, sino que eran muchos y pequeños; como cabras diminutas en manada se subieron arriba de mí, avanzando, trepándose por mis senos y deslizándose por mi vientre, alcanzando mis piernas y las puntas de los dedos de mis pies. Me llené de su fealdad en un instante y me convertí en un campo abierto, con una geografía hirsuta, árida. Y Pánico cabalgó desde los cuatro puntos cardinales como un viento. Violento. Creando un fuerte centro de choque.

En el momento en que me creí perdida recuperé la consciencia. Y volví sobre mí como quien se vuelve ansiando encontrar víveres para la supervivencia. Y así, en un jirón de mí sobre mí, pensé en Dios. Y confié. Al cabo de un rato, no se dónde se formó un corazón, extraño, suave, vivo y al mismo tiempo dibujado, y supe que era tu corazón, y que ellos se marcharían sin secuelas ni retorno, y que tú te quedarías conmigo. Y ya no importó que ellos estuvieran encima de mí porque no podían tocarme; siendo mi cuerpo sobre el que caminaban, yo estaba contigo, junto a tu corazón.

En espera

Hace siglos que dejé el vicio de la pluma. Poco después también olvidé el uso del lápiz y la goma. Olvidé todo. Los pocos albores de los tres años se desvanecieron con la primera penetración; y aquella profunda dulzura furiosa que, dicen, arde en los besos, quedó ahogada en la telaraña de una boca salivosa a los seis años y medio. ¿Qué puede sobrevivir?

Se fueron mis manos y mis pies cuando estuve lista para parir el primer hijo. Fue una atroz coincidencia. Primero apareció un gemido agudo en medio de la noche, luego fueron quejidos gozosos. Estuve creyendo que si permanecía estática todo acabaría rápido, pero se prolongó tanto que di manotazos a los proyectos. Así acabé alejándolos. La primera vez tenía quince años; la segunda no sé.

Quedó una tumba. La ausencia de la pluma y del lápiz están ahí ocupando un tiempo y un espacio, el extraño hueco de la goma trabaja.

Habrá que buscar. ¿Pero qué buscamos? Al amanecer caminé hacia el campo, extendí mi mano, hacía frío y se divisaban algunos lejanos puntos brillantes en el cielo, quise que fueran estrellas. No había deseos. O tal vez sí en el microcosmos que soy.

Se escucha el latido.