La hija

Para Ña Piedad

Ligeramente asomó la cabeza después de oír los pasos. Viene Hestia. Apresurada, de una pila de sillas despegó la que había comprado el último domingo de cuaresma, la puso frente a la hoja abierta de la puerta y sentándose abrió el devocionario pequeño y azul. Sus diminutos ojos detenidos sobre las letras negras se levantaban como si alguien pudiera descubrirla en un asunto inapropiado, entonces furtiva observaba el suelo grisáceo de la calle procurando alcanzar alguna sombra. ¡Dios mío! he dejado la olla de verduras en la lumbre. Permaneció sentada aguzando el oído pues los pasos habían dejado de escucharse. Restiró su falda negra y miró su blusa con encaje en el pecho. No es Hestia, ¿será la niña de Blanca?

Cincuenta años atrás tuvo una blusita blanca con encaje en el pecho. Su padre la había traído de la ciudad de Puebla. Ella se ponía la blusita y salía a las calles con su canasto colmado de semilla de cacao. Estaba segura de que ninguna muchacha del pueblo podía sentirse igual ni caminar con el porte suyo ¡Qué blanca era la blusa y qué bien contrastaba con su cesto lleno de semilla negra! Por la calle de la Inmaculada, sentada en una silleta de palma, la tía Luz le gritaba gozosa: ¡Adiós, Pedacito de corazón! y ella sonriente y radiante respondía cortésmente: ¡Buenos días tenga usted, tía Luz! y cruzando las manos pedía la bendición. ¡Serás feliz, Pedacito, serás feliz porque eres buena hija…! musitaba la anciana mientras la veía bajar por la calle que entonces no tenía cemento grabado con líneas paralelas como ahora. (O acaso no las había visto).

Algún día la niña de Blanca será como Hestia y Hestia será como yo de la misma manera en que yo soy como fue la tía Luz hace tantos años. Me acuerdo del rebozo de hilo blanco que tenía la tía, no había otro igual en el pueblo ni en los alrededores. Su padre lo había traído de Tulcingo para la abuela Jacinta, pero finalmente como Luz era la hija se lo dio a ella. También mi blusita blanca era para mi madre, pero como yo era la hija me la dieron a mi. Hestia se quedó con un paño de seda. ¿Qué irán a darle a la hija de Blanca? Aunque la hija de Blanca deja ver que tiene carácter; tal vez no sea la hija, pero debería. Por eso cuando pasa le digo que será feliz, pero ella no es cortés conmigo y me mira como un perrillo desconfiado y hasta camina más deprisa. No sé qué pasará con ellos. En cambio, Hestia es más tranquila; y no por eso, estuvo a punto de no cumplir su destino andando de enamorada con el tortillero que venía de Las Palomas. ¡Ah! ¿Acaso no olvidaré algún día al joven aquél que vino de Chiapas? Pero a estas alturas de mi vida… Me dijo que le partía el corazón y el mío quedaba muerto, pero era la hija.

Pobre Hestia, le ofreceré un pan de dulce o un refresco. Dejó a un lado el devocionario y asomó nuevamente la cabeza. Los pasos sonaron más pesados y cercanos. Es Pedro. Se levantó, agarró otra silla de plástico verde y la dejó a un lado suyo. El reloj de la iglesia dio siete campanadas. Ella miró el reloj. Sí, son las siete. Luego creyó escuchar los pasos en la acera y restiró de nuevo la falda negra y la blusa con encaje, acercó un poco más la vieja silla verde cuando se percató con cierto sobresalto que los pasos se alejaban. Va a la casa de Liborio. Subió los pies en la silla verde, agarró el devocionario, lo abrió al azar y cerrándolo suspiró. Mis padres. ¡Cuántos años los cuidé y al final me dejaron sola! ¡Sola! Pero cumplí mi deber.

Prendió el televisor. Mañana jueves se van Pedro y Hestia; y la hija de Blanca apenas se deja ver por esta calle. Otra vez tendré que esperar horas y horas para mirar gente, para hablar con alguien. Ojalá Hestia renuncie a ser la hija, y la niña de Blanca renuncie también a su destino. Subió el volumen mientras el reloj de la iglesia repicó siete veces otra vez.

Me desordeno, amor*

Carilda Oliver Labra

Me desordeno, amor me desordeno

cuando voy en tu boca, demorada,

y casi sin porqué, casi por nada,

Te toco con la punta de mi seno.

te toco con la punta de mi seno.

y con mi soledad desamparada;

y acaso sin estar enamorada

me desordeno, amor, me desordeno;

Y mi suerte de fruta respetada

arde en tu mano lúbrica y turbada

como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,

cuando voy en tu boca, demorada,

me desordeno, amor, me desordeno.

*Título inexacto