Centímetro a centímetro

Rubén Bonifaz Nuño

—Piel, cabello, ternura, olor, palabras—
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás junto a mí, de que es posible
y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me pierdo y gano.

Y después, qué delicia
la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte de «usted», para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;
que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas
que no puedo tener.

Qué delicia delgada, incomprensible,
la de verte lejos,
y soportar los golpes de alegría
que de mi corazón ascienden
al acercarse a ti por vez primera;
siempre por primera, a cada instante.
Y al mismo tiempo, así, juego a perderte
y a descubrirte, y sé que te descubro
siempre mejor de como te he perdido.

Es como si dijeras:
«Cuenta hasta diez, y búscame», y a oscuras
yo empezara a buscarte, y torpemente
te preguntara: ¿estás allí?», y salieras
riendo del escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz distinta, en un aroma
nuevo, con un vestido diferente.

Las mariposas

Era una mariposa de color rojo. Era un rojo como de rosa. Y sus alas eran un montón de pétalos de rosa. Era grande. Cuando entré se vino sobre mí. Me hice a un lado. Pero ella volvió sobre mí, contra mi mano derecha, mordiéndome los dedos, mordiendo el anular. Manotee al aire, espantándola, asustada, mirando sus extrañas alas maravillosas, maravillada. Ella seguía sobre de mí. Contra mi mano.

Era una pequeña mariposa blanca la que se acercó a mi oído y susurró algo. No recuerdo qué.

Alguien esparce polvo de oro alrededor de las casas.

Preludio. Ofrecimiento

Rubén Bonifaz Nuño

A ti, para tu amor,

límite altísimo

de los oscuros límites del alma.

Para ti, de quien fuera

como un presagio conmovido el sueño;

pregunta sola a la que voy, vestido

con el claro temor de la certeza.

Para tu amor:

orilla temblorosa en la que nace

el silencio colmado,

la claridad calmada

que hasta el ángel más triste desconoce.

A ti, esperanza, ritmo

— ¿resurrección acaso? —

llama que surge, ya de la ceniza;

espiga primordial, caricia, muerte.

A ti, para tu amor, van mis palabras.

La llamada extraña

Una mujer me había dicho que yo era el número 100 823. Pero, ¿de qué ‘cosa’ era yo tal número? También un hombre me alcanzó enfrente del salón donde había estado hablando con la doctora en judaísmo y me dio su número telefónico, lo miré detenidamente tratando de guardarlo en la memoria, pero le entendí mal y pensé que había dicho que se lo entregara a la sinodal, y eso hice. Lamentable fue que después no recordaba ni siquiera un número de aquella cifra. Y que en realidad me lo había dado para que él y yo estuviéramos en contacto. Así que muy tarde comprendí que era para mí.

Pero anoche pasó algo verdaderamente extraño. Estaba en el sofá tomando café y charlando con mi prima hermana María cuando sonó el teléfono. Mi prima levantó el auricular y contestó. Era la Priora. Mi prima me pasó la bocina. Quería avisarme que me había mandado el boleto con su mamá; ella, su madre, estaba de camino a casa, en México, porque había ido a verla a España, y, aprovechando el viaje y la confianza, me había puesto el boleto en sus manos. El número de vuelo era el 1704. Para el día 11. Y su madre llegaría el martes. Apenas tres días después, ya que estábamos en el anochecer de un domingo lluvioso. “Está bien”, le dije. Y nos despedimos. Al colgar recordé que la Priora es del Perú y que su madre radica en Ayacucho. Era increíble que viniera a México sólo por dejar mi billete. Pero lo más extraño fue que volviera ‘a casa en México’. No dije nada y me fui a preparar la maleta porque no había mucho tiempo.

Recogí algo de ropa y salí de casa. Me dirigí a la parroquia para hablar con el padre, pero no lo encontré. Me invitaron a esperarlo y acepté; el tiempo apremiaba y no quería irme sin hablar con él. Mientras tanto me pasaron a una habitación donde no había un sofá sino una cama; me dijeron que podía acomodar mis cosas, así que, sentándome sobre la cama, puse mi maleta a un lado y abriéndola saqué un paquete de copias. Muy claras, en letra tipo times cursiva número doce. Me gustaron. Por alguna razón que no comprendí, el título principal lo había escrito a mano, también con letra cursiva, grande y clara. Leí con gozo íntimo: Alabanzas al Espíritu Santo. Adoración. Me serían tan útiles en el trabajo pastoral que iba a comenzar y que me había encomendado el padre, como aquella vez en que me mandó a caminar con la imagen de la Virgen.

Me sentí feliz cuando me fui por el camino de la puerta lateral. Era muy soleado el tiempo y con el prado tan salpicado de arbustos y árboles.

Tu pie pisaba mi corazón*

Juan Ramón Jiménez

Te conocí, porque al mirar la huella

de tu pie en el sendero,

me dolió el corazón que me pisaste.

Corrí loco; busqué por todo el día,

como un perro sin amo.

…¡Te habías ido ya! Y tu pie

pisaba mi corazón en un huir sin término

cual si él fuera el camino

que te llevaba para siempre…

*Título inexacto