Fábricas del amor

Juan Gelman

Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.

Mujer moderna

Mi madre me miraba desde la ventana diciendo, mientras movía la cabeza de un lado a otro negándome cualquier posibilidad de éxito, Va a secársete el cerebro y ya no podrás pensar. Mira, lo que debes hacer es buscarte un maridillo que no sepa la ‘o’ por lo redondo pero que te mantenga… ¡Muchacha, atiéndeme!

Yo estaba leyendo un libro que hablaba de ciertas éticas relativas o relativizables, de valores morales a capricho de no sé qué pensador famoso y actual que pretende que la educación se haga mediante el dialogo amistoso entre padres e hijos… (¿A quién le importa?) Y miraba a mi madre con el rabillo del ojo. “¿Por qué no me voy?” dije para mí, pero el sol caía con tal violencia que era mejor escuchar esa perorata absurda.

Deja ya esos libracos de muchacha sin quehacer… ¡Por lo menos aprende a cocinar! ¡Va ha hacerte falta para que te mantengas, o para tengas contento a tu marido! El sol es en verdad un amigo encimoso: calentaba mi cabeza al mismo tiempo que mi madre. Ya había cerrado el libro y buscaba en los cirros rojizos el rostro de mi príncipe absurdo; aquel por el que me apuraba mi madre. Y ella continuaba hablando, creo que sonreía por algo que había dicho y le había parecido gracioso…

¡Ya te veré!, enfatizó, Ya te veré con el maridito apurándote…  a ver si con él te haces maje, a ver si con él flojeas como lo haces… Te traerá moviendo la escoba por todos los rincones de la casa y a todas horas…, y se reía, burlona, como mirándome en un cuartucho de lámina a las orillas de la ciudad donde la marginación no puede ser más extrema, y se ríe.

No es posible continuar filosofando. En las condiciones ultrajantes en que me hallo, ser una mujer moderna no es posible.

Buscaré el depilador: es la modernidad asequible.