No he de traicionarte otra vez. Lo digo de corazón, con el corazón, esforzando al corazón, invocando al corazón. Mientras, procuro ver tus ojos y sentir tu mirada. Tú me conoces. Sería inútil ocultar lo que ni yo misma penetro en mí; no lo oculto más; callo lo que comprendo porque de sobra está entre tú y yo: no puedes ignorarlo. Aunque yo lo intento.
No me haré cruces. No me dividiré más. No dejaré que me alcance la destrucción y el caos. Me alejaré de la confusión como quien se aleja de una tormenta. Negaré todo. No escucharé más. Pensaré únicamente en ti, en que me quieres, en lo ideal que sería si yo también te quisiese, si ya te quisiera. Si nunca te hubieses asomado a mí por esos otros ojos… pero ahora diré un no sin mayor alteración. Y no iré detrás de algunos pedazos de memoria que claman por cobrar vida, que se levantan moribundos, que me piden a gritos que son súplicas que los levante y vuelva a encarnarlos en mi vientre, en mi seno, en mi palabra. Quieren vivir. Piden vida; la misma que yo pido. La que busco en esta vida que no es vida.
Como ellos me levanto hacia ti. Así como ellos vienen a mí, me arrastro a ti y clamo en gritos que son súplicas: Sálvame con tu amor. Acéptame en ti. En tu corazón incomprensible, inabarcable, imperturbable. En tu amor inmutable y receptivo.
No volveré a traicionarte otra vez. Procuro convencerme. Lo digo para mí. Porque lo que conozco de mí no es confiable.
Por lo demás, tú me conoces. ¿Podría engañarte?