El otro, el que me amaba

Y me puse a llamarlo más dulcemente, en lágrimas. Todas las noches le llamo; no a él: al otro, al que me amaba. Y me pregunto si no preferiría que estuviera muerto. Me decía: la muerte es el único mal irreparable; si me dejara, me curaría. La muerte era horrible porque era posible, la ruptura soportable porque no me la imaginaba. Pero de hecho, me digo que si estuviera muerto al menos sabría a quién he perdido y quién soy yo. Ya no sé nada más.

La mujer rota, Simone de Beauvoir

No es un crimen

[…] Por cierto, me ha felicitado. ¿Y qué? Hace diez años, había arreglado esta habitación durante su estancia en casa de su madre enferma. Me acuerdo de su rostro, su voz: ‘¡Qué agradable que será ser feliz aquí!’. Encendió un gran fuego de leña. Bajó a comprar champán; y también me trajo rosas rojas. Esta mañana miraba, aprobaba con un aspecto — ¿cómo decirlo? — de buena voluntad.
Entonces ¿ha cambiado de veras? En un sentido, su confesión me había tranquilizado: tiene un lío, todo se explica. ¿Pero tendría un lío si hubiera seguido siendo el mismo? Ya lo había presentido, y ésa fue una de las oscuras razones de mi resistencia: no se modifica la vida sin modificarse uno mismo.
[…] En el fondo, ¿qué he ganado con que me haya dicho la verdad? Ahora pasa las noches con ella: les conviene. Me pregunto… Pero es demasiado evidente. Esa puerta ruidosamente cerrada, ese vaso de whisky: todo era premeditado. Él provocó mis preguntas. Y yo, pobre idiota, creí que me hablaba por lealtad…
… ¡Dios mío!, qué dolorosa es la cólera. He creído que no lograría dominarla antes de su vuelta. De hecho, no tengo ningún motivo para ponerme en semejante estado. Él no sabía cómo hacerlo, fue astuto con sus dificultades: eso no es un crimen.

La mujer rota, Simone de Beauvoir

Altazor (fragmento II)

Vicente Huidobro

Seguir cargado de mundos de países de ciudades

Muchedumbres aullidos

Cubierto de climas hemisferios ideas recuerdos

Entre telarañas de sepulcros y planetas conscientes

Seguir del dolor al dolor del enigma al enigma

Del dolor de la piedra al dolor de la planta

Porque todo es dolor

Dolor de batalla y miedo de no ser

Lazos de dolor atan la tierra al cielo las aguas a la tierra

Y los mundos galopan en órbitas de angustia

Pensando en la sorpresa

La latente emboscada en todos los rincones del espacio.

Me duelen los pies como ríos de piedra

¿Qué has hecho de mis pies?

¿Qué has hecho de esta bestia universal

de este animal errante?

Esta rata en delirio que trepa las montañas

sobre un himno boreal o alarido de tierra

Sucio de tierra y llanto

De tierra y sangre Azotado de espinas y los ojos en cruz.

Altazor (fragmento I)

Vicente Huidobro

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano ?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios?
¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?
Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir
¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor ?
Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor
Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo

Anhelo

Laura Victorira

Esta noche de raso me he enfermado de luna
y el perfume del huerto se me fue al corazón,
son por eso mis ojos dos diamantes azules
dilatados por una brujería de amor.

Ese beso que a tiempo me pediste temblando
esta noche en mis labios es granada en sazón.
Dime, loco bohemio… ¿no presientes acaso
el panal que te ofrecen mis caricias en flor?

Nadie pasa… El camino serpentea en la sombra
mancillando la calma con su inquieto blancor…
En mi boca los besos son angustia infinita
y mi cuerpo es un nido palpitante de sol.

Ya lo ves, cuando ansioso me pediste ese beso,
se nevaron mis labios con tu claro fervor,
y esta noche, que hubieras agotado tus ansias,
por creerme de hielo sepultaste mi voz.

Dolencia

Me senté en el quicio de una baranda de piedra, pero me levanté enseguida porque tenía que irme. Bajé los escalones y en el descanso me detuve para que pasaran los frailes, era un grupo de seis, siete monjes que ayudaban a dos que venían muy lastimados, como si los hubieran golpeado. Realmente llamaron mi atención, y pensé en los motivos por los cuales estarían es ese estado, y era porque sufrían los embates del demonio, como en paz descanse los padecía el difunto padre Pío por los pecadores. Me conmoví profundamente.

En cuanto pasaron terminé de bajar. Había un atrio grande, con jardín al centro. Y había mucha gente, como en una fiesta de pueblo. Un cura llegó vestido con una sotana de colores vivos, bonita; y una mujer me dijo que me acercara para saludarlo, porque era yo quien tenía amistad con él. Pero no le hice caso y me fui para otro lado. La verdad es que tenía dolencia en el corazón porque recordé que él me había sacado de su vida, que yo había quedado fuera de él. Al alejarme vi a la mujer, ella estaba con otras personas y él se acercó a ellas saludándolas efusivamente; y eso me dolió más.

Entonces apareció mi padre con un niño en brazos, vestido para un bautismo, y bailando con un gusto inusual. Me uní a él. Bailé para olvidar el dolor.