El otro, el que me amaba

Y me puse a llamarlo más dulcemente, en lágrimas. Todas las noches le llamo; no a él: al otro, al que me amaba. Y me pregunto si no preferiría que estuviera muerto. Me decía: la muerte es el único mal irreparable; si me dejara, me curaría. La muerte era horrible porque era posible, la ruptura soportable porque no me la imaginaba. Pero de hecho, me digo que si estuviera muerto al menos sabría a quién he perdido y quién soy yo. Ya no sé nada más.

La mujer rota, Simone de Beauvoir

No es un crimen

[…] Por cierto, me ha felicitado. ¿Y qué? Hace diez años, había arreglado esta habitación durante su estancia en casa de su madre enferma. Me acuerdo de su rostro, su voz: ‘¡Qué agradable que será ser feliz aquí!’. Encendió un gran fuego de leña. Bajó a comprar champán; y también me trajo rosas rojas. Esta mañana miraba, aprobaba con un aspecto — ¿cómo decirlo? — de buena voluntad.
Entonces ¿ha cambiado de veras? En un sentido, su confesión me había tranquilizado: tiene un lío, todo se explica. ¿Pero tendría un lío si hubiera seguido siendo el mismo? Ya lo había presentido, y ésa fue una de las oscuras razones de mi resistencia: no se modifica la vida sin modificarse uno mismo.
[…] En el fondo, ¿qué he ganado con que me haya dicho la verdad? Ahora pasa las noches con ella: les conviene. Me pregunto… Pero es demasiado evidente. Esa puerta ruidosamente cerrada, ese vaso de whisky: todo era premeditado. Él provocó mis preguntas. Y yo, pobre idiota, creí que me hablaba por lealtad…
… ¡Dios mío!, qué dolorosa es la cólera. He creído que no lograría dominarla antes de su vuelta. De hecho, no tengo ningún motivo para ponerme en semejante estado. Él no sabía cómo hacerlo, fue astuto con sus dificultades: eso no es un crimen.

La mujer rota, Simone de Beauvoir

La casa

“Pavel habita un piso de la casa y ella otro”

Mi mujer y Flores tardías, Anton Chejov

Del amor que sintieron una tarde frente al mar, Alegría sentía una desconfianza confirmada. Elí caminaba en el piso de arriba y sus pasos resonaban. Ella golpeó el techo con un palo de escoba, y el dejó caer algo que sonó hueco y pesado.

Siempre era lo mismo. Cada noche. Desde el día en que decidieron separarse, dividir la casa y repartir los muebles, sellaron las escaleras internas y dejaron unas metálicas que no tenían barandal. Elí subía con la agilidad de un hombre de 60, y ella lo miraba desde la ventana deseando que alguna de esas veces él se cayera y la dejara en paz de una vez para siempre. Pero él subía cada noche. Los amigos subían con él, y las amigas la miraban casi indiferentes desde el otro lado de la ventana mientras subían, entre risas suaves y disimuladas.

Cierto, alguna vez las fiestas diarias le parecieron fabulosas, pero ahora, excluida, sentía dolor en el cuerpo cuando veía que todo comenzaba arriba. Abrazaba una almohada mientras le decía que Elí, su padre, no lo quería, que era un mal hombre, que no le daba gasto para la ropa y la comida y la escuela, que ella en cambio siempre estaba al pendiente de que no le faltara nada.

Elí bajaba por las madrugadas con un morral, dejaba una botella de leche en la puerta y se iba. Ella recogía la botella y tomaba la leche mientras mascullaba que Elí era en verdad insoportable. Recordaba esas mañanas cuando Elí salía de su cama después de darle el beso en los labios, y ella se levantaba para rodearlo con los brazos y detenerlos cinco minutos más.

Tu dolencia*

María Tsvetaeva

Me alegra que tu dolencia no sea causada por mí.

La mía no es causa tuya. Me alegra saber

que la pesada tierra jamás se moverá

de nosotros, bajo nuestros pies, así que

podemos relajarnos juntos, y no cuidar

lo que decimos. Cuando nuestras mangas se rocen,

no nos ahogaremos en las olas del rubor naciente.

Me alegra verte ahora abrazar serenamente

a otra mujer enfrente mío, sin

ningún deseo de causarme dolor, como tú

no ardes si beso a otro.

Sé que nunca usas mi amoroso nombre o

mi espíritu amoroso, ni de noche ni de día. Y

nadie en el silencio de una iglesia cantará aleluyas

por nosotros.

Gracias por amarme así,

porque sientes amor, aunque no lo sepas.

Gracias por las noches que he pasado vacías.

Gracias por las caminatas bajo la luna

que me has ahorrado, y los atardeceres que no

compartimos.

Te doy las gracias. El sol jamás bendecirá nuestras

cabezas.

Recibe mi triste agradecimiento por esto; tú no

causas mi dolencia. Yo no causo la tuya.

*El título empleado es inexacto.