[…] Por cierto, me ha felicitado. ¿Y qué? Hace diez años, había arreglado esta habitación durante su estancia en casa de su madre enferma. Me acuerdo de su rostro, su voz: ‘¡Qué agradable que será ser feliz aquí!’. Encendió un gran fuego de leña. Bajó a comprar champán; y también me trajo rosas rojas. Esta mañana miraba, aprobaba con un aspecto — ¿cómo decirlo? — de buena voluntad.
La mujer rota, Simone de Beauvoir
Entonces ¿ha cambiado de veras? En un sentido, su confesión me había tranquilizado: tiene un lío, todo se explica. ¿Pero tendría un lío si hubiera seguido siendo el mismo? Ya lo había presentido, y ésa fue una de las oscuras razones de mi resistencia: no se modifica la vida sin modificarse uno mismo.
[…] En el fondo, ¿qué he ganado con que me haya dicho la verdad? Ahora pasa las noches con ella: les conviene. Me pregunto… Pero es demasiado evidente. Esa puerta ruidosamente cerrada, ese vaso de whisky: todo era premeditado. Él provocó mis preguntas. Y yo, pobre idiota, creí que me hablaba por lealtad…
… ¡Dios mío!, qué dolorosa es la cólera. He creído que no lograría dominarla antes de su vuelta. De hecho, no tengo ningún motivo para ponerme en semejante estado. Él no sabía cómo hacerlo, fue astuto con sus dificultades: eso no es un crimen.