Dolencia

Me senté en el quicio de una baranda de piedra, pero me levanté enseguida porque tenía que irme. Bajé los escalones y en el descanso me detuve para que pasaran los frailes, era un grupo de seis, siete monjes que ayudaban a dos que venían muy lastimados, como si los hubieran golpeado. Realmente llamaron mi atención, y pensé en los motivos por los cuales estarían es ese estado, y era porque sufrían los embates del demonio, como en paz descanse los padecía el difunto padre Pío por los pecadores. Me conmoví profundamente.

En cuanto pasaron terminé de bajar. Había un atrio grande, con jardín al centro. Y había mucha gente, como en una fiesta de pueblo. Un cura llegó vestido con una sotana de colores vivos, bonita; y una mujer me dijo que me acercara para saludarlo, porque era yo quien tenía amistad con él. Pero no le hice caso y me fui para otro lado. La verdad es que tenía dolencia en el corazón porque recordé que él me había sacado de su vida, que yo había quedado fuera de él. Al alejarme vi a la mujer, ella estaba con otras personas y él se acercó a ellas saludándolas efusivamente; y eso me dolió más.

Entonces apareció mi padre con un niño en brazos, vestido para un bautismo, y bailando con un gusto inusual. Me uní a él. Bailé para olvidar el dolor.