Fue hace muchos años y apenas lo recuerdo. Alguien me avisó que don Luís había muerto y fui a rezar un rosario por su descanso. Fui con cierta premura porque ya era la hora en que tenía que irme. Apenas terminé y me salí seguida de algunas personas; no sé si fue mi hermana, aunque tengo esa sensación. Al salir alguien me dio una rebanada de pastel de chocolate, creo que fue Luisa… se veía sabroso; pero tenía prisa y no lo comí, sino que agarré la calle.
Me sorprendí caminando en una costa, con arena blanca y una gran roca a mi lado izquierdo, de esas rocas en las que se estrellan las olas del mar cuando está encrespado. Y vi también un barco; más bien, la proa de un barco, grande también. Pero no me subí porque yo iba buscando a Conrado, tu padre, y por eso tenía apuro. Y supe, no sé por qué, que lo que veía era un oráculo. Que la suerte se echaría cuando don Luís falleciera, y que la decisión de esperar a tu padre o irme buscando otra vida estarían allí, reunidos en ese punto del tiempo, como cuando en una cafetería se dan cita tres viejos amigos.