«—¡Por favor!… domestícame — le dijo.
—Bien quisiera hacerlo — respondió el principito — pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
— Solo se conoce bien lo que se domestica — dijo el zorro. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada; todo lo compran ya hecho. Y como en las tiendas no se venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres tener un amigo, entonces debes domesticarme!
— ¿Qué debo hacer? — preguntó el principito.
— Debes ser muy paciente — respondió el zorro —. Al principio te sentarás sobre la hierba, un poco retirado de mí; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no dirás nada, pues el lenguaje puede ser fuente de malos entendidos. Entonces, al pasar los días, te podrás sentar cada vez más cerca…
Al día siguiente el principito volvió. — Es mejor que vengas siempre a la misma hora — dijo el zorro —. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaría a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón […]»
El principito, Antoine de Saint-Exupéry.