Anoche sollozaba por un vaso de luz,
toda la noche ardí de ser
y amanecí vacía.
Avispero, Enriqueta Ochoa
*Ttítulo inexacto
Anoche sollozaba por un vaso de luz,
toda la noche ardí de ser
y amanecí vacía.
Avispero, Enriqueta Ochoa
*Ttítulo inexacto
“Atima Silencio llegaba al límite de su fuerza. Y las palabras que el amo de la hacienda le había dicho el día que le dio la libertad, volvían sin cesar a su memoria: ‘Escuchá bien esto, ¡vas a volver pronto! ¡Vas a volver suplicando! ¿Cómo imaginás la libertad, desgraciada? Anda nomás…, que ya te voy a ver con la mano extendida’.
El amo tenía razón. La libertad era atroz, era amarga”.
El espejo africano, Liliana Bodoc.
«— La gente tiene estrellas, pero no significan lo mismo para todos. Para algunos, los que viajan, las estrellas son sus guías. Para otros solo son lucecitas. Para los sabios las estrellas son motivo de estudio y para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no dicen nada. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…
— Explícame. — Por la noche, al mirarlas, como sabes que yo habito en una de ellas y ahí estaré riendo, será para ti como si todas las estrellas rieran. ¡Solo tú tendrás estrellas que saben reír!»
El principito, Antoine de Saint-Exupéry.
«—¡Por favor!… domestícame — le dijo.
—Bien quisiera hacerlo — respondió el principito — pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
— Solo se conoce bien lo que se domestica — dijo el zorro. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada; todo lo compran ya hecho. Y como en las tiendas no se venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres tener un amigo, entonces debes domesticarme!
— ¿Qué debo hacer? — preguntó el principito.
— Debes ser muy paciente — respondió el zorro —. Al principio te sentarás sobre la hierba, un poco retirado de mí; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no dirás nada, pues el lenguaje puede ser fuente de malos entendidos. Entonces, al pasar los días, te podrás sentar cada vez más cerca…
Al día siguiente el principito volvió. — Es mejor que vengas siempre a la misma hora — dijo el zorro —. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaría a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón […]»
El principito, Antoine de Saint-Exupéry.
«Y lo primero que advirtió en secreto al llegar al paraíso (…) fue que allí se podía vivir, pero no escribir, porque la escritura y la plenitud son incompatibles.»
Soldados de Salamina, Javier Cercas 2017