Herida

Elegí por unos días enmudecer,

dejar dormida la palabra filosa

y sacar tres pedazos de neftalina.

Hablé de amor. De cierto delirio

que cubre los rincones del cuerpo

como madreselva, permitiendo

que aves rapaces hagan su nido.

Pero decia: ‘deja que crezca, deja,

que pronto habrá muérdago

y cruzarás la puerta’ y cerré

también los ojos. No quería ver

lo que sucedía en mi cuerpo,

no quería ver lo que sucedía

en el mundo. No quería ver

cómo son en realidad los rostros.

¿Habré perdido la cordura?

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