Herida

Elegí por unos días enmudecer,

dejar dormida la palabra filosa

y sacar tres pedazos de neftalina.

Hablé de amor. De cierto delirio

que cubre los rincones del cuerpo

como madreselva, permitiendo

que aves rapaces hagan su nido.

Pero decia: ‘deja que crezca, deja,

que pronto habrá muérdago

y cruzarás la puerta’ y cerré

también los ojos. No quería ver

lo que sucedía en mi cuerpo,

no quería ver lo que sucedía

en el mundo. No quería ver

cómo son en realidad los rostros.

¿Habré perdido la cordura?

No es un pez

urge la Palabra       el cosmos diminuto y apresado

en estrecheces que alcanzan

brazos muertos pero erguidos

suspiros     ventanas selladas entre paredes abiertas

apura la sangre no reconocida

estalla

toca en las piedras la demora del cuerpo pedido

halla espigas y muérdago

ofrece alas de cisne      cuello de oveja

no es un pez que muere por la boca

sino un hombre enamorado