Herida

Elegí por unos días enmudecer,

dejar dormida la palabra filosa

y sacar tres pedazos de neftalina.

Hablé de amor. De cierto delirio

que cubre los rincones del cuerpo

como madreselva, permitiendo

que aves rapaces hagan su nido.

Pero decia: ‘deja que crezca, deja,

que pronto habrá muérdago

y cruzarás la puerta’ y cerré

también los ojos. No quería ver

lo que sucedía en mi cuerpo,

no quería ver lo que sucedía

en el mundo. No quería ver

cómo son en realidad los rostros.

¿Habré perdido la cordura?

Cadena

huyendo de antiguas creencias por no amarte

¿qué haré entonces si soy polvo enamorado

sal de fuego      punta de mundo inexistente

palabra sinsentido   luna caída sobre ríos?

la derecha esta desviada hacia la izquierda

y no existe a pesar de que la veo

la izquierda es un camino de llanto sinsentido

¿y tú? ¿y tú? para qué se habrán cruzado nuestras veredas

de humanos engreídos de la ciencia del espejo

para qué habría de responder mi alma

–no el cuerpo ni la idea sino el alma–

a eso incompresible que mostraste

te odiaría pero mi orgullo te protege

te amaría pero mi inoportuna conciencia me retira

maldeciría si, con el alma enfebrecida

apasionada por el dolor que no cabe ya en mi cuerpo

y me muero de un momento a otro

de tanta pena que no concibo

y vuelvo    vuelvo a la cordura de los creyentes que se salvan

por la ceguera de su cobardía

y acomodo al Dios según son mis dolencias

pero ahora no puedo mirarlo ni podría

con tanta violencia como siento en mí

que se levantan los océanos sobre la tierra

después de haber aparecido las señales en el cielo

y no pasa nada

y el mundo sigue tranquilo

y adentro muy dentro

donde no alcanzaría de mí ninguna forma

soporto un Apocalipsis que destruye un mundo para crear otro

que no es mío    que no quiero    que no conozco

pero que finalmente soy yo

construida por conjunciones ilativas que no dejan respiro

entre las ideas y los sentires     y estará bien ese nuevo mundo que soy

porque no cabrás nunca más tú entre mis memorias

no     nunca tendrás espacio

no entre las ruinas

lo mismo esa esperanza que sembraste

no se si muera o si viva

pero no en mí

nunca más tú después de esto

sólo las palabras –si la Palabra me quisiera

así con tanto huracán tanta ventisca

que enloquece–

las que encuentre por mi camino

Si no vuelves

le escribiré a Alfonsina o le robaré su vestido de mar

No a Gabriela

porque ella es muy feliz cantándole a sus niños

pero Alfonsina entenderá de esta locura

y si le robo su vestido

quien sabe

tal vez me lo regale o consiga algún otro parecido

–si la Palabra se me aleja entre mis andares

ires y venires en runas ruinas y altares que no tienen

un fin ni un camino–

Entonces ni me mires ni digas mi nombre

ah mi nombre

que siempre designó para mí a un desconocido

aunque para otros fue una ofensiva por la supervivencia

el nombre que en boca de un santo pareció Palabra

el nombre que nunca tuvo significado

que nunca amaste

y que tus labios nunca pronunciaron sino para maldecirme

con esa negación horrísona del amor que te pedí estúpidamente

sin llorar creyendo en mí  o en lo que era

y dejándote ir, estúpidamente, respetando tu libertad

maldita sea y luego ¿qué?

no es fácil ya este abandono

no es posible decir todavía que quizá vuelvas

Esta palabra suspende la rotación

el corazón no late

espera

nada se mueve y tan adentro se avecina un silencio devastador

de espanto

–que la Palabra me proteja–

eres la más cruel de las presencias