En el nombre del Árbol

Francisco Álvarez Velazco

Ignora la ciudad el olor del caballo,

desconoce la piedra y la hoguera y el agua

y el viento de la noche que en los árboles nace

junto a llantos antiguos de caballos oscuros

que los musgos apagan.

Compadeced al hombre por este espacio duro

donde sufre y no sueña, encerrado en un tiempo

de aristas de aluminio.

Para el hombre piedad,

porque ya nada sabe de la sombra del árbol,

del pájaro en su nido, de la piedra con musgo.

Y piedad para ése, que la luz de neón

confunde con la luna.

Compadeced al hombre

que se muere y no supo de la brisa del alba,

no supo de la luz rosada del aliso que la garlopa lame.

Pero yo, vuestro hermano, os pronuncio este oráculo:

Algún día los bosques cercarán la ciudad.

Nuevamente el cemento será roca, y arena

del arroyo el cristal, ya por siempre en la rueda

del tiempo, y las aceras, sendas del leñador

hacia el claro del bosque, donde está hoy esta plaza

sin brisa y sin palomas, sin la sombra del árbol.

Rosario y resurrección

En este vínculo les ofrezco una manera de rezar el santo rosario, en parte aprendido de mi abuelita y de mi mamá, pero al que he agregado citas bíblicas sobre la resurrección y salmos de victoria, ya que en los momentos de sumo dolor como el que produce la pérdida de un ser querido, recordar que las oraciones por sus almas dan fruto, y que la promesa de Cristo y el fundamento de nuestra fe es la resurrección, es un consuelo para los dolientes.

Estos fragmentos pueden leerse al comenzar cada misterio, y puede invitarse a los orantes a que reflexionen un poco en lo que significa la Resurrección.

Está en formato pdf y puede imprimirse a doble cara en tres hojas tamaño carta el de letra chica y en cinco el de letra grande.

Corazón

Laura Méndez de Cuenca

¡Oh corazón! ¿qué vales ni qué puedes

de este vivir en el artero abismo,

si presa tú de las mundanas redes,

eres siervo y señor a un tiempo mismo?

¿Quién a tu ley su vanidad no humilla?

¿A quién si ruegas, tu humildad no mueve?

¿Eres luz y verdad? ¿Eres arcilla?

¿Guardas lo eterno, o lo mudable y breve?

¿Qué vínculo, qué lazo hay en tu esencia

entre el yo pensador y el sentimiento?

¿Al pensamiento guardas obediencia,

o dominas audaz al pensamiento?

¿Por qué formas de amor volcán hirviente,

si tu latir a otro corresponde?

¿Dónde guardas del odio la serpiente?

la torpe envidia y la ambición, ¿en dónde?

Yo no lo sé; mas la virtud y el vicio

juntos te inspiran por extraño modo:

si abnegado, capaz del sacrificio;

réprobo y criminal, capaz de todo.

Invisible poder tu curso enfrena;

múltiple forma a tu capricho mudas:

tétrico en Hamlet, triste en Magdalena,

sublime en Jesucristo, real en Judas.

Amas al mundo y sueñas con el cielo;

tremenda lucha en que tu ser exhalas;

así el ave nacida para el vuelo

calienta el nido en que plegó las alas.

Ruedas a veces a la cripta muda

de beatífica fe sublime ejemplo,

y otras, roído por sangrienta duda,

mártir espiras al umbral del templo.

Ya eres ternura y místico idealismo;

ya deleite sensual de amante pena;

ora fe y religión, ora ateismo,

dogma que salva y duda que condena.

Penumbra o claridad, verdad o mito,

vives, palpitas, gozas y padeces;

por el amor confiesas lo infinito,

y aceptas el infierno si aborreces.

¡Qué batallar con la pasión a solas!

¡Qué fiera lid a solas con la idea!

¡Qué dejar en el ara en que te inmolas,

carne que abrasa y sangre que caldea!

¡Qué vida tan inquieta la del mundo!

¡Qué promesa tan dulce la del cielo!

La Muerte… ¡Qué misterio tan profundo!

La Nada… ¡Qué terrible desconsuelo!

Cese ya, corazón, tu lucha fiera,

y que la luz al pensamiento acuda:

Si eres fango no más ¿por que se espera?

si eres obra de Dios ¿por qué se duda?…

¡…Misterio nada más!… Y quien osado

pretenda conocerte…¡pobre loco!

Vives para ser barro, demasiado,

y para ser verdad, vives muy poco.

Magnifica

Virgen María, según san Lucas 1.46-56

Proclama mi alma la grandeza del Señor, 
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; 
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, 
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: 
su nombre es santo, 
y su misericordia llega a sus fieles 
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón, 
derriba del trono a los poderosos 
y enaltece a los humildes, 
a los hambrientos los colma de bienes 
y a los ricos los despide vacíos.
Exaltó a Israel, su siervo,
acordándose de su Misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abrahám y su descendencia 
por siempre.
Amén

Leve jirón de niebla

Salvador Novo

Al poema confío la pena de perderte.

He de lavar mis ojos de los azules tuyos,

faros que prolongaron mi naufragio.

He de coger mi vida deshecha entre tus manos,

leve jirón de niebla

que el viento entre sus alas efímeras dispersa.

Vuelva la noche a mí, muda y eterna,

del dialogo privado de soñarte,

indiferente a un día

que ha de hallarnos ajenos y distantes.

*Título inexacto

Salve regina

Varios autores*

Dios te salve, Reina 
y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A ti llamamos 
los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos 
misericordiosos;
y después de este destierro, 
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh, clementísima, oh piadosa, 
oh dulce Virgen María!

Ruega por nosotros, 
Santa Madre de Dios. 
Para que nos hagamos dignos de alcanzar
las promesas de nuestro Señor Jesucristo. 
Amén.

La autoría de esta poderosa oración se ha perdido entre los pliegues de los siglos casi como si Dios y la Virgen quisieran que todos nos la apropiasemos para rezarla desde el alma.

Sin embargo, se atribuye a un monje alemán llamado Hermann y mejor conocido como El Contrahecho, conocido así debido a la enfermedad y a la deformidad de su cuerpo, que padeció desde la más tierna edad, allá por los años del 1000 al 1100, pero que nos heredó este fruto de su alma sensible al amor de Dios y de la Virgen. Se sabe, también, que unos cientos de años más tarde, san Bernardo de Claravall, autor del Acordaos, agregó las líneas exclamativas a la Salve de Hermann.