«El orgullo del poeta es algo completamente distinto al orgullo corriente. Solo el poeta sabe cuál es el valor de lo que escribe. Los demás lo comprenden mucho después y a lo mejor no lo comprenden nunca. Por eso el poeta está obligado a ser orgulloso. Si no fuera orgulloso, traicionaría a su obra.»
El libro de la risa y el olvido, Milán Kundera 2016
Archivos Mensuales: enero 2020
Destinatario
Escribo poemas de amor para alguien que no existe
o existe en aquel futuro cristiano
en donde ‘algún día seré feliz’
(manía de la buena esperanza).
Me mantiene al día,
fuerte en la civilización del futuro que ya
nos ha rebasado
(hay quien le llama posmodernismo)
en los tiempos de la buena gente y la solidaridad,
en los tiempos de la democracia y
de la pronunciada equidad de géneros,
por que, después de todo,
¿Para qué quiere una buena mujer
conocer de amores?
Escribo poemas de amor,
susurro al oído de alguien amado
varios ‘te quiero’, sentidos ‘te amo’,
y lo avisoro levantarse al amanecer
y volver por la tarde,
justo cuando comienza el frescor
y hacen falta el abrazo y la sonrisa.
La grafomanía
«Pero el efecto revierte sobre la causa. La soledad generalizada produce la grafomanía, pero la grafomanía masiva al mismo tiempo confirma y aumenta la soledad general. El descubrimiento de la imprenta hizo posible en otros tiempos que la humanidad se entendiese mutuamente. En la época de la grafomanía generalizada, la escritura de libros adquiere el sentido contrario: cada uno está cercado por sus letras como por una pared de espejos que no puede ser traspasada por ninguna voz del exterior.»
El libro de la risa y el olvido, Milán Kundera 2016.
Las tres mujeres (Teresa)
Al comenzar la historia de esta segunda mujer, estimados lectores, primero debo ofrecer una explicación por la demora en dar a conocer la vida de esta segunda mujer, Teresa, y ha sido por razones totalmente ajenas a mi voluntad: la primera de estas razones es que he ido a parar al hospital por un hongo que he respirado en el papel amarillento de estas hojas que he recibido, y la segunda razón es que la letra de las fojas 568 y 602 –hojas sueltas, por supuesto y que contenían esta historia– tenían esa letra endemoniada que otros ya han llamado procesal y no la clara y bien proporcionada bastarda de los primeros folios, lo que en un comienzo me detuvo para entender lo que allí se contaba. Puesta esta nota ante ustedes, comenzaré la breve historia.
Para empezar, Teresa era española. Si en su muy temprana juventud la vida pintaba oscurecida por las incertidumbres de aquellas lejanas tierras a donde viajaría para casarse, su matrimonio con Ramón, español como ella, le deparó un matrimonio próspero y afortunado. Ramón, quien primero fuera mercante de todo género de artículos entre la ciudad y las nuevas fundaciones del norte, y minero próspero cuando entregó arras, fue el padre de Pedro, el único hijo que pudo concebir a pesar de intentos y curaciones; así ella gozaba de una madurez plena de salud y riqueza.
Había sido siempre una mujer delgada, sin más curvas que las que limitaban sus ojos de color café transparente como la miel, de piel blanca y de carne dura propia de la juventud, misma que conservaba en su entrada a la década de los cincuenta, su actual belleza se reforzaba con la rapidez y claridad con que visualizaba el porvenir, el teje y maneje de lo que decía y de lo que callaba, cruzando los hilos y los hechos para conseguir sus propósitos. Inteligente y astuta, heredera de fortunas, al rondar los treinta años de trabajo en una ciudad tan alejada de Dios y de los hombres, viuda de cinco años atrás de un hombre de carácter reacio y avaricioso del que había sido fiel mujer y más fiel aprendiz, tenía ya el colmillo adornado de dulzura y de palabras inocentes, el mismo colmillo con que mantuvo en camino los negocios y la conducta del hijo, permisiva solo en lo que a gustos pasajeros, pero férrea e implacable en las consideraciones peligrosas.
No pasaron tres días cuando alcanzó, como dicen, de un plumazo, que algo pasaba entre su hijo y la huérfana, aunque a los quince días, más o menos el tiempo acostumbrado, contó con que la muchachuela le hubiera dado ya el remedio a Pedro, así que se dedicó a resolver el asunto de las mercaderías que recién habían desembarcado de la China, que las sedas y las especias, los encajes y los cajones de libros de piedad y, al parecer, bajo el manto de estos un grueso fondo de libros prohibidos que había que distribuir cuidadosamente por que las ganancias no eran despreciables, además de otras menudencias del gasto corriente como los rosarios de plata, los anillos y las gargantillas de pedrería que preparaba para el ajuar de la futura nuera, que sería María, la núbil hija del traficante de esclavos, el próspero negocio.
Cuando el cura confesor le puso el aviso del romance, ella lo miró apenas sorprendida, como si una débil mosca se hubiese atrevido a pasar delante de sus ojos. No se preocupe, había dicho el cura, estoy seguro de que Pedro entrará en razón y que la muchacha no pretenderá seguir con esa locura. Pero Teresa no era el tipo de mujer que esperaba nada. Así que fue directo con Pedro y, sin dejarlo hablar ninguna palabra, le advirtió lo inadecuado del amorío, que terminara ya con esa desagradable situación. Lo segundo que hizo fue poner a Mariana de patitas en la calle, como dicen, y con el tono y la mirada fue tan clara como si le hubiese sorrajado un palo en la cabeza.
Pedro se portó como si estuviera dispuesto a resistir los golpes, mientras Teresa apenas lo miró furtiva. Lo más atrevido fue que respondió, Madre, voy a casarme con Mariana. Teresa se levantó, sonrió casi con dulzura mientras caminaba hacia puerta de la habitación, y al pasar rozando con su falda de seda la roída enagua de Mariana, miró a Pedro, le acarició la mejilla barbuda, apretó la voz entre los dientes y sonriendo respondió, Olvídalo.
En tu inmensa pupila
Olga Orozco
Me reconoces, noche,
me palpas, me recuentas,
no como avara sino como una falsa ciega,
o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora.
Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,
sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo
y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies.
¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida,
esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano,
la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor?
Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas
para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños,
y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve,
los lobos y las sombras.
Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol.
Ahora me has marcado con tu alfabeto negro.
Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas,
de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo
y alzan vuelo y no vuelven
cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía.
Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas.
Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular,
como una contemplación vuelta hacia adentro,
donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso
y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias.
Tú me vigilas desde todas partes,
descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra;
me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo,
mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida,
o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas.
Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable,
probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza,
la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno,
visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo,
hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros.
Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos.
No te reclamo una lección de luz,
como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño.
O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas?
¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol!
Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque,
noche alfombrada, noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir,
lo que susurra el viento,
y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.
Despedida
Era una tarde blanca
como blanco es el silencio artero que se encaja
en cada encuentro de miradas lerdas
de algo que no fue, que no pudo,
de uno que no supimos ser cuando era tiempo.
Era una tarde blanca
donde lucía como un pétalo de rosa roja
el trozo inerme de un corazón
tuyo… mío… que dolía.
El amor empieza
Roberto Juarroz
El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier
parte.
(…)
Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.