Dolientes

Cáncer de Dios, nos ha llamado un blasfemo.

Serias erratas en El Gran Libro del Mundo.

“Fenómenos” de José Emilio Pacheco

¿Y quién puede saber lo que calla el mudo,

lo que no recorre el cojo,

cuánto se encaja en la niña de los ojos

la oscuridad de los ciegos?

Un sueño te mostró signos irrepetibles,

monturas de moldes

y tú dijiste, casi con imitada sabiduría:

‘son las erratas’ y así lo dejaste escrito.

Pero yo, cáncer de Dios y errata irreparable,

te pregunto a ti que has sido un vidente:

¿quien tiene autoridad para decir

lo que puede tocar el mutilado?

¿Quién puede medir la hondura

de la soledad del triste?

Oh poeta, cuando hables de dolientes

rásgate el corazón y llora…

Herida

Elegí por unos días enmudecer,

dejar dormida la palabra filosa

y sacar tres pedazos de neftalina.

Hablé de amor. De cierto delirio

que cubre los rincones del cuerpo

como madreselva, permitiendo

que aves rapaces hagan su nido.

Pero decia: ‘deja que crezca, deja,

que pronto habrá muérdago

y cruzarás la puerta’ y cerré

también los ojos. No quería ver

lo que sucedía en mi cuerpo,

no quería ver lo que sucedía

en el mundo. No quería ver

cómo son en realidad los rostros.

¿Habré perdido la cordura?

Las tres mujeres (Teresa)

Hizo un viaje doña Teresa a la ciudad de Guadalajara, evitó Michoacán porque el asunto era privado. De años atrás conocía a un grupo de hombres dedicados al negocio de la trata, la estafa y el robo descarado; algunos habían ido a la cárcel, pero siempre salían libres luego de poco tiempo. Habían llegado a la ciudad de México mucho antes que ella y se habían ido expandiendo a las principales ciudades del territorio colonizado, aunque ella y su esposo habían conocido al cabecilla justo cuando regresaban de un viaje trasatlántico. En aquel entonces sólo había escuchado el teje y maneje entre su esposo y el hombre con mallas aterciopeladas, pero, cuando enviudó, ella tuvo que habérselas con todo ese género de órdenes y pagos.

Se había dirigido a una casa solariega con un jardín enorme, el hombre, ahora envejecido y con una cicatriz que apenas asomaba por el encaje de la manga derecha, la saludó alabando el buen gusto de los aretes de perlas, Ordenó algo para comer y pasaron a un salón pequeño y oscuro. Teresa pagó en efectivo todo lo que llevaba en un pequeño bolso de terciopelo rojo, mientras ponía el contenido en la mesa, el hombre la tranquilizaba. No se preocupe, doña Teresa, no se preocupe; ya sabe que siempre estamos para servirla; además, le agradecemos su intervención cuando el robo de la plata, dijo apretando los labios y golpeteando la lengua que produjo un ruido chicheante y continúo, ya sabe, Madre, ya sabe cómo culpan a los inocentes, y sonrió.

Teresa no respondió. Pero después advirtió, No quiero que le hagan daño, solo la entregan en el hospital y ahí ya sabrán que hacer. Tiene que ser el día de Corpus Cristi, ese día mi hijo estará en la procesión y luego tiene que ir a Michoacán. Ustedes se la traen para acá, la retienen seis meses o un año y luego la entregan en el hospital de México. Sí, señora, usted no se preocupe, a mí ya me hace falta una moza joven que ayude en la cocina, je, je, pronunció el hombre, usted no se preocupe, además ya conocemos su generosidad, doña Teresa, su generosidad, dijo casi cantando. Eso no me interesa, remarcó ella, lo que quiero es que mi hijo no la encuentre, que no la encuentre nunca.

El día de Corpus todos salieron a la procesión, primero las tres columnas de curitas con los libros abiertos, los decanos que cargaban la sagrada Hostia en una mesa adornada con sedas y listones, atrás los caballeros, los bachilleres y más atrás los siervos, los esclavos, el pueblo que miraba pasar los estandartes y los cirios mientras se repegaban a las orillas del camino, y a pesar de que el acto era solemne, se escuchaba un murmullo que impedía oír lo que predicaban los ministros. Mariana salió al pueblo, quería mirar la procesión y pedir al Santísimo que le concediera su petición, que sería buena hija para doña Teresa, que le hiciera lo que le hiciera jamás se enojaría con ella, que amaba profundamente a Pedro, que juraba ser buena esposa y darle buenos hijos, que, por favor, Dios… y de pronto estaba en un carro, medio tirada en el asiento, con un hombre barbudo y grueso mirándola con desprecio, en su mano derecha sostenía un chuchillo de hoja brillante y delgado apuntando justo frente a su rostro.

Habían pasado seis meses en que Pedro anduvo loco buscando a Mariana, seis meses que doña Teresa ocupó tejiendo las relaciones con María Farfán, una joven de fina complexión y de carácter dócil que aceptó todo cuando doña Teresa le dijo y pidió. Mira, ven a pasar unos días a la casa, y estando en casa le dijo, Mira, mañana haré que mi hijo beba un poco, así que prepárate para cuando te mande llamar, María Farfán, que realmente era inocente y núbil la escuchó sin comprender, así que Teresa la instruyó, Te pones el camisón para dormir que mandaré con la esclava y vas y te metes a la cama de Pedro, Pero, Doña Teresa, quiso decir María. Nada de peros, cortó doña Teresa.

Y así lo hizo la joven María, se metió en la cama de Pedro, el rico hacendado y dueño de la mina de Plata. No bien se hubo metido y Pedro quiso saber lo que pasaba, cuando doña Teresa se metió intempestivamente en la habitación, gritando, indignada por el descaro y la falta en que habían incurrido, ¿Crees que don Miguel va a quedarse tranquilo?, gritó, Tienes que reparar la falta, pero Pedro no solo no sabía de qué falta hablaba su madre, sino que apenas comprendía lo que pasaba merced a la borrachera que tenía.

Fue una boda memorable que, dada la premura del secreto acontecimiento, debió celebrarse a puerta cerrada, al menos eso dijeron al principio, aunque después doña Teresa y don Miguel prepararon tal pompa y festín que las amonestaciones y el cotilleo llegaron hasta la ciudad de México.