La paloma

Llegó hasta mí. Se posó suavemente y contemplé su plumaje blanco y un par de manchas grises y azuladas, parecidas a los pies de las nubes que traen la buena nueva de la lluvia.

Me alegré mucho al verla llegar; quise cogerla y estiré la mano derecha pero ella dio un corto brinquito, huyendo apenas de mí, casi fingiendo. La miré con ternura, y decidí no tocarla cuando comprendí que estaba lastimada de una pata; al menos eso mostraba en su conducta, aunque luego alcancé a verle la pata izquierda y tenía un suave color rosado, como de buena salud.

Me quedé contenta y me conformé con su llegada. Resolví no intentar tocarla, pero ofrecerle de comer. La miré otra vez, echadita y tranquila, y me vi a mí misma, de pie.

Cita

Libertad amarga

“Atima Silencio llegaba al límite de su fuerza. Y las palabras que el amo de la hacienda le había dicho el día que le dio la libertad, volvían sin cesar a su memoria: ‘Escuchá bien esto, ¡vas a volver pronto! ¡Vas a volver suplicando! ¿Cómo imaginás la libertad, desgraciada? Anda nomás…, que ya te voy a ver con la mano extendida’.

El amo tenía razón. La libertad era atroz, era amarga”.

El espejo africano, Liliana Bodoc.

Estrella de hielo

Gabriela corría primero, pero pronto comenzó a volar. Las noticias eran terribles. El corazón iba con tal reciura que lo tenía entumecido igual que entumecido tenían el cuerpo los indigentes de París. Sus ojos eran incapaces de lágrimas. París moría asolado. Desolado. La cruel lluvia helada había dejado la ciudad en total aislamiento; nada producía calor ni alimento. Las imágenes emergían rápidas y yuxtapuestas en su pensamiento como una sesión fotográfica. Gabriela veía hombres de mirada moribunda y mujeres de rostros afilados sosteniendo niños cadavéricos.

Volaba sobre cumbres de una tierra ignota cuando supo que la lluvia había cesado. Encontró entonces a Gabriel. No se habían visto antes pero se reconocieron. Con rapidez se dirigieron a Paris. Ella fue la primera que descubrió la estrella. ¡Preciosa estrella que brillaba con una luz clarísima!¡Preciosa estrella dolorida! La dulzura de su corazón rozaba finamente ese cuerpo extraño y maravilloso; lo recogió arrimándolo junto a su pecho.

Entonces llegó Gabriel. Lo tomó de entre sus manos y lo engarzó en un armazón de oro, labrado y de la medida perfecta, la estrella caída vertía una lucecita suave y firme desde su centro transparente. Gabriel se elevó lentamente. Con la mirada le dijo adiós y se perdió entre las nubes.

Gabriela comprendió entonces que se había llevado su propio corazón.

Cita

Las estrellas que ríen

«— La gente tiene estrellas, pero no significan lo mismo para todos. Para algunos, los que viajan, las estrellas son sus guías. Para otros solo son lucecitas. Para los sabios las estrellas son motivo de estudio y para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no dicen nada. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…

— Explícame. — Por la noche, al mirarlas, como sabes que yo habito en una de ellas y ahí estaré riendo, será para ti como si todas las estrellas rieran. ¡Solo tú tendrás estrellas que saben reír!»

El principito, Antoine de Saint-Exupéry.

Soliloquio de una taza de café

Salí de la alacena a las cinco cuarenta y cinco de la mañana. No sé por qué tras el café soluble puse leche sobre mi lomo, como si fuera un burro cargado de cántaros que viene de un río, y luego añadí algunos sobres de azúcar light. Me puse frente al ventanal que da al malecón para mirar el mar, pero no se veía nada porque aún no amanecía y además estaba lloviendo. Levanté el libro de viejas poesías y dejé caer en voz alta las palabras, sin encontrar sentido repetí dos o tres veces sólo por el placer insano del sonido, como monedas que caen en el mostrador limpio de un mesón, del mesón que está frente al mar, en el malecón.

No amaina. Y me corre ya cierta desesperanza de estar en una mesa del mesón con mi libro a un costado como mujer recién creada, y un pitillo de los que abandonan los ilustres lectores de filosofía, y las migajas del pan que desmoronan con sabiduría las putonas bien nacidas. No amaina y mi lomo siente el jugo de su pesada carga.

Vuelvo a leer en el libro de poesías. Dice cosas sobre besos inolvidables y sobre bocas de grana. Y sonrío. Río de verdad con ganas esquizofrénicas que exudan mi contenido. Y lloro de verdad, de pronto, catárticamente, de tantas tazas de café guardadas, de tantas bocas sabidas y de las bocas que hoy, si no amaina, habré perdido sin oportunidad de encontrar de nuevo sorbiendo mi alma en tragos lentos, con la lengua restregándose suavemente en los labios cuasi cerrados, rompiendo el sello de la honrada virginidad del café que sirven en el mesón, en ese mesón donde huele a transaccionales tertulias y librescos pitos, cuya irreverencia por las leyes públicas y los letreros que, dicen las malas lenguas, manda poner la autoridad sana y democrática del nuevo México es notable aunque pueril.

¡Qué voy a saber yo de sanidad! Toda la vida camino a prisa cargada la espalda con el café descafeinado que parece mujer deshidratada y anoréxica. Quizá por eso hoy he recurrido a la madre de todas las resignaciones y he puesto un golpe de leche en el alma negra soñando que llegaré al mesón.

Por lo menos el sol ha salido y el mar comienza a venirse como un rumor de bocas y de tragos de un buen café mundano.

Cita

Solo se conoce bien lo que se domestica

«—¡Por favor!… domestícame — le dijo.

—Bien quisiera hacerlo — respondió el principito — pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

— Solo se conoce bien lo que se domestica — dijo el zorro. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada; todo lo compran ya hecho. Y como en las tiendas no se venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres tener un amigo, entonces debes domesticarme!

— ¿Qué debo hacer? — preguntó el principito.

— Debes ser muy paciente — respondió el zorro —. Al principio te sentarás sobre la hierba, un poco retirado de mí; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no dirás nada, pues el lenguaje puede ser fuente de malos entendidos. Entonces, al pasar los días, te podrás sentar cada vez más cerca…

Al día siguiente el principito volvió. — Es mejor que vengas siempre a la misma hora — dijo el zorro —. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaría a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón […]»

El principito, Antoine de Saint-Exupéry.