La casa

“Pavel habita un piso de la casa y ella otro”

Mi mujer y Flores tardías, Anton Chejov

Del amor que sintieron una tarde frente al mar, Alegría sentía una desconfianza confirmada. Elí caminaba en el piso de arriba y sus pasos resonaban. Ella golpeó el techo con un palo de escoba, y el dejó caer algo que sonó hueco y pesado.

Siempre era lo mismo. Cada noche. Desde el día en que decidieron separarse, dividir la casa y repartir los muebles, sellaron las escaleras internas y dejaron unas metálicas que no tenían barandal. Elí subía con la agilidad de un hombre de 60, y ella lo miraba desde la ventana deseando que alguna de esas veces él se cayera y la dejara en paz de una vez para siempre. Pero él subía cada noche. Los amigos subían con él, y las amigas la miraban casi indiferentes desde el otro lado de la ventana mientras subían, entre risas suaves y disimuladas.

Cierto, alguna vez las fiestas diarias le parecieron fabulosas, pero ahora, excluida, sentía dolor en el cuerpo cuando veía que todo comenzaba arriba. Abrazaba una almohada mientras le decía que Elí, su padre, no lo quería, que era un mal hombre, que no le daba gasto para la ropa y la comida y la escuela, que ella en cambio siempre estaba al pendiente de que no le faltara nada.

Elí bajaba por las madrugadas con un morral, dejaba una botella de leche en la puerta y se iba. Ella recogía la botella y tomaba la leche mientras mascullaba que Elí era en verdad insoportable. Recordaba esas mañanas cuando Elí salía de su cama después de darle el beso en los labios, y ella se levantaba para rodearlo con los brazos y detenerlos cinco minutos más.

Un gato en un piso vacío

Wislawa Skymborska

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

El asalto

Volvieron. Fue en la noche del 25, en las vísperas de la Reverberación de Santa Teresa la Mayor. Estaba acostada donde dormía antes de venirme a la casa de la ciudad. A la entrada del cuarto de teja, aquel galerón tan fresco porque era de adobe y que había hecho tío Talo hacía más de cincuenta años.

Ya era entrada la noche cuando comenzaron a llegar; los presentí poco antes porque sentí luego ese espanto sin motivo que suele anticiparlos. La piel se llena de pequeñas contracciones que erizan los vellos, en el corazón se forman bolsas de aire que ahuecan por dentro, y la mente se pone alerta. Y, efectivamente, llegaron. Pero ahora tenían pequeñas cabezas y no eran invisibles como suelen serlo. Además, tampoco era uno, grande, sino que eran muchos y pequeños; como cabras diminutas en manada se subieron arriba de mí, avanzando, trepándose por mis senos y deslizándose por mi vientre, alcanzando mis piernas y las puntas de los dedos de mis pies. Me llené de su fealdad en un instante y me convertí en un campo abierto, con una geografía hirsuta, árida. Y Pánico cabalgó desde los cuatro puntos cardinales como un viento. Violento. Creando un fuerte centro de choque.

En el momento en que me creí perdida recuperé la consciencia. Y volví sobre mí como quien se vuelve ansiando encontrar víveres para la supervivencia. Y así, en un jirón de mí sobre mí, pensé en Dios. Y confié. Al cabo de un rato, no sé dónde se formó un corazón, extraño, suave, vivo y al mismo tiempo dibujado, y supe que era tu corazón, y que ellos se marcharían sin secuelas ni vuelta, y que tú te quedarías conmigo. Y ya no importó que ellos permanecieran porque no podían tocarme, ya no estaba ahí padeciéndolos y temiéndolos; siendo mi cuerpo sobre el que caminaban, yo estaba contigo, junto a tu corazón.

Para los días malos*

Autor desconocido

(Shola habla de los días malos)

Hay días malos en la vida

Son verdaderamente malos, efectivamente.

¿Y qué pasa entonces?

Pues pasa que me meto debajo de la cama.

Eso pasa, efectivamente.

Va Grogó y me dice: ¿Salimos de paseo?

Yo le digo: ¡No! ¡Déjame en paz!

¿No ves que es un día malo, efectivamente?

Luego viene Mary Brau Brau

y me invita a jugar a los ratones.

Yo le digo: ¡No! ¡Déjame en paz!

¿No ves que es un día malo, efectivamente?

Mas tarde vienen los dos juntos,

me ruegan, me imploran, me lloran, etcétera.

¿No quieres leer un cuento muy divertido?, dicen.

Yo no digo nada, guardo silencio efectivamente,

porque yo soy así, tengo mucha personalidad.

Viene por fin una señora, y me razona así:

¿No quieres salir de debajo de la cama?

Ya sé que es un día malo efectivamente,

pero es que pasa una cosa…

¿Qué cosa?, pregunto yo toda intrigada.

Ella responde: Pues pasa que te he preparado

un plato de carne con arroz. ¿Qué hago? ¿Lo tiro?

¡Tirar?, grito yo, ¿Estás loca o qué?

Salgo de mi escondite

y voy a la cocina disparada:

toda regla tiene sus escorpiones.

Oráculo

Fue hace muchos años y apenas lo recuerdo. Alguien me avisó que don Luís había muerto y fui a rezar un rosario por su descanso. Fui con cierta premura porque ya era la hora en que tenía que irme. Apenas terminé y me salí seguida de algunas personas; no sé si fue mi hermana, aunque tengo esa sensación. Al salir alguien me dio una rebanada de pastel de chocolate, creo que fue Luisa… se veía sabroso; pero tenía prisa y no lo comí, sino que agarré la calle.

Me sorprendí caminando en una costa, con arena blanca y una gran roca a mi lado izquierdo, de esas rocas en las que se estrellan las olas del mar cuando está encrespado. Y vi también un barco; más bien, la proa de un barco, grande también. Pero no me subí porque yo iba buscando a Conrado, tu padre, y por eso tenía apuro. Y supe, no sé por qué, que lo que veía era un oráculo. Que la suerte se echaría cuando don Luís falleciera, y que la decisión de esperar a tu padre o irme buscando otra vida estarían allí, reunidos en ese punto del tiempo, como cuando en una cafetería se dan cita tres viejos amigos.

Dolencia

Me senté en el quicio de una baranda de piedra, pero me levanté enseguida porque tenía que irme. Bajé los escalones y en el descanso me detuve para que pasaran los frailes, era un grupo de seis, siete monjes que ayudaban a dos que venían muy lastimados, como si los hubieran golpeado. Realmente llamaron mi atención, y pensé en los motivos por los cuales estarían es ese estado, y era porque sufrían los embates del demonio, como en paz descanse los padecía el difunto padre Pío por los pecadores. Me conmoví profundamente.

En cuanto pasaron terminé de bajar. Había un atrio grande, con jardín al centro. Y había mucha gente, como en una fiesta de pueblo. Un cura llegó vestido con una sotana de colores vivos, bonita; y una mujer me dijo que me acercara para saludarlo, porque era yo quien tenía amistad con él. Pero no le hice caso y me fui para otro lado. La verdad es que tenía dolencia en el corazón porque recordé que él me había sacado de su vida, que yo había quedado fuera de él. Al alejarme vi a la mujer, ella estaba con otras personas y él se acercó a ellas saludándolas efusivamente; y eso me dolió más.

Entonces apareció mi padre con un niño en brazos, vestido para un bautismo, y bailando con un gusto inusual. Me uní a él. Bailé para olvidar el dolor.