“Pavel habita un piso de la casa y ella otro”
Mi mujer y Flores tardías, Anton Chejov
Del amor que sintieron una tarde frente al mar, Alegría sentía una desconfianza confirmada. Elí caminaba en el piso de arriba y sus pasos resonaban. Ella golpeó el techo con un palo de escoba, y el dejó caer algo que sonó hueco y pesado.
Siempre era lo mismo. Cada noche. Desde el día en que decidieron separarse, dividir la casa y repartir los muebles, sellaron las escaleras internas y dejaron unas metálicas que no tenían barandal. Elí subía con la agilidad de un hombre de 60, y ella lo miraba desde la ventana deseando que alguna de esas veces él se cayera y la dejara en paz de una vez para siempre. Pero él subía cada noche. Los amigos subían con él, y las amigas la miraban casi indiferentes desde el otro lado de la ventana mientras subían, entre risas suaves y disimuladas.
Cierto, alguna vez las fiestas diarias le parecieron fabulosas, pero ahora, excluida, sentía dolor en el cuerpo cuando veía que todo comenzaba arriba. Abrazaba una almohada mientras le decía que Elí, su padre, no lo quería, que era un mal hombre, que no le daba gasto para la ropa y la comida y la escuela, que ella en cambio siempre estaba al pendiente de que no le faltara nada.
Elí bajaba por las madrugadas con un morral, dejaba una botella de leche en la puerta y se iba. Ella recogía la botella y tomaba la leche mientras mascullaba que Elí era en verdad insoportable. Recordaba esas mañanas cuando Elí salía de su cama después de darle el beso en los labios, y ella se levantaba para rodearlo con los brazos y detenerlos cinco minutos más.