La casa

“Pavel habita un piso de la casa y ella otro”

Mi mujer y Flores tardías, Anton Chejov

Del amor que sintieron una tarde frente al mar, Alegría sentía una desconfianza confirmada. Elí caminaba en el piso de arriba y sus pasos resonaban. Ella golpeó el techo con un palo de escoba, y el dejó caer algo que sonó hueco y pesado.

Siempre era lo mismo. Cada noche. Desde el día en que decidieron separarse, dividir la casa y repartir los muebles, sellaron las escaleras internas y dejaron unas metálicas que no tenían barandal. Elí subía con la agilidad de un hombre de 60, y ella lo miraba desde la ventana deseando que alguna de esas veces él se cayera y la dejara en paz de una vez para siempre. Pero él subía cada noche. Los amigos subían con él, y las amigas la miraban casi indiferentes desde el otro lado de la ventana mientras subían, entre risas suaves y disimuladas.

Cierto, alguna vez las fiestas diarias le parecieron fabulosas, pero ahora, excluida, sentía dolor en el cuerpo cuando veía que todo comenzaba arriba. Abrazaba una almohada mientras le decía que Elí, su padre, no lo quería, que era un mal hombre, que no le daba gasto para la ropa y la comida y la escuela, que ella en cambio siempre estaba al pendiente de que no le faltara nada.

Elí bajaba por las madrugadas con un morral, dejaba una botella de leche en la puerta y se iba. Ella recogía la botella y tomaba la leche mientras mascullaba que Elí era en verdad insoportable. Recordaba esas mañanas cuando Elí salía de su cama después de darle el beso en los labios, y ella se levantaba para rodearlo con los brazos y detenerlos cinco minutos más.

El asalto

Volvieron. Fue en la noche del 25, en las vísperas de la Reverberación de Santa Teresa la Mayor. Estaba acostada donde dormía antes de venirme a la casa de la ciudad. A la entrada del cuarto de teja, aquel galerón tan fresco porque era de adobe y que había hecho tío Talo hacía más de cincuenta años.

Ya era entrada la noche cuando comenzaron a llegar; los presentí poco antes porque sentí luego ese espanto sin motivo que suele anticiparlos. La piel se llena de pequeñas contracciones que erizan los vellos, en el corazón se forman bolsas de aire que ahuecan por dentro, y la mente se pone alerta. Y, efectivamente, llegaron. Pero ahora tenían pequeñas cabezas y no eran invisibles como suelen serlo. Además, tampoco era uno, grande, sino que eran muchos y pequeños; como cabras diminutas en manada se subieron arriba de mí, avanzando, trepándose por mis senos y deslizándose por mi vientre, alcanzando mis piernas y las puntas de los dedos de mis pies. Me llené de su fealdad en un instante y me convertí en un campo abierto, con una geografía hirsuta, árida. Y Pánico cabalgó desde los cuatro puntos cardinales como un viento. Violento. Creando un fuerte centro de choque.

En el momento en que me creí perdida recuperé la consciencia. Y volví sobre mí como quien se vuelve ansiando encontrar víveres para la supervivencia. Y así, en un jirón de mí sobre mí, pensé en Dios. Y confié. Al cabo de un rato, no sé dónde se formó un corazón, extraño, suave, vivo y al mismo tiempo dibujado, y supe que era tu corazón, y que ellos se marcharían sin secuelas ni vuelta, y que tú te quedarías conmigo. Y ya no importó que ellos permanecieran porque no podían tocarme, ya no estaba ahí padeciéndolos y temiéndolos; siendo mi cuerpo sobre el que caminaban, yo estaba contigo, junto a tu corazón.

Oráculo

Fue hace muchos años y apenas lo recuerdo. Alguien me avisó que don Luís había muerto y fui a rezar un rosario por su descanso. Fui con cierta premura porque ya era la hora en que tenía que irme. Apenas terminé y me salí seguida de algunas personas; no sé si fue mi hermana, aunque tengo esa sensación. Al salir alguien me dio una rebanada de pastel de chocolate, creo que fue Luisa… se veía sabroso; pero tenía prisa y no lo comí, sino que agarré la calle.

Me sorprendí caminando en una costa, con arena blanca y una gran roca a mi lado izquierdo, de esas rocas en las que se estrellan las olas del mar cuando está encrespado. Y vi también un barco; más bien, la proa de un barco, grande también. Pero no me subí porque yo iba buscando a Conrado, tu padre, y por eso tenía apuro. Y supe, no sé por qué, que lo que veía era un oráculo. Que la suerte se echaría cuando don Luís falleciera, y que la decisión de esperar a tu padre o irme buscando otra vida estarían allí, reunidos en ese punto del tiempo, como cuando en una cafetería se dan cita tres viejos amigos.

Dolencia

Me senté en el quicio de una baranda de piedra, pero me levanté enseguida porque tenía que irme. Bajé los escalones y en el descanso me detuve para que pasaran los frailes, era un grupo de seis, siete monjes que ayudaban a dos que venían muy lastimados, como si los hubieran golpeado. Realmente llamaron mi atención, y pensé en los motivos por los cuales estarían es ese estado, y era porque sufrían los embates del demonio, como en paz descanse los padecía el difunto padre Pío por los pecadores. Me conmoví profundamente.

En cuanto pasaron terminé de bajar. Había un atrio grande, con jardín al centro. Y había mucha gente, como en una fiesta de pueblo. Un cura llegó vestido con una sotana de colores vivos, bonita; y una mujer me dijo que me acercara para saludarlo, porque era yo quien tenía amistad con él. Pero no le hice caso y me fui para otro lado. La verdad es que tenía dolencia en el corazón porque recordé que él me había sacado de su vida, que yo había quedado fuera de él. Al alejarme vi a la mujer, ella estaba con otras personas y él se acercó a ellas saludándolas efusivamente; y eso me dolió más.

Entonces apareció mi padre con un niño en brazos, vestido para un bautismo, y bailando con un gusto inusual. Me uní a él. Bailé para olvidar el dolor.

Predicción

Mañana saldrá el corazón de su eje. Partirá la tierra en dos y sus polos magnéticos cambiaran su centro. Un maremoto sacudirá todas las costas de todos los continentes. Las montañas cederán a los collados y las praderas se tornarán abruptas. El cielo lloverá sangre. El dolor mismo del dolor conocerás. Y la indolencia pedirás como signo de paz, pues todo habrá cambiado en ti.

Amarás.

Amarás por única vez en tu vida. De la manera en que jamás imaginaste, pero que siempre has vivido. Amarás sin objeto amado. Amarás como yo amo: sin ser correspondido. Amarás en la desesperación y en el tormento; en la alegría y en la euforia. Amarás la mirada, el aliento, la palabra, el movimiento. Amarás la sombra. La presencia y la ausencia.

Identidad

Laura Méndez de Cuenca. Laura. Grande Laura, de corazón profundo y vida caudalosa como de río grande, río de fronteras resueltas y vencidas, río maternal, río de Palabras. Dijeron que era mi nombre. Que me llamaba Laura como ella, y que como ella era poeta. La miré de cerca entonces y, efectivamente, teníamos las mismas aberturas en las manos; toda la palma y el dorso tenían puertas cuneiformes, arábigas y latinas, signos, íconos y símbolos dibujados, tenían rostros, cuerpos y almas, cielos e infiernos, caminos señalados. Y me llamaba Laura. Pero ¿era poeta?

La habitación

Tengo que decirlo para que se entienda. Al entrar a mi habitación me sentí completamente a gusto. La cama de tipo matrimonial del lado derecho con las sábanas moteadas, bien limpia y tendida. En la pared izquierda, junto a la entrada, una caja de madera; luego el ropero que aunque viejo y vacío, agradable; una mesa circular y pequeña, y el buró; luego, junto a la ventana, el pequeño escritorio donde colocaré la computadora. Todo sorprendentemente limpio y ordenado, fresco, con la ventana lo suficientemente libre para ser abierta y cerrada. Estoy aquí, de pie, contemplando mi vacío y ordenado cuarto; creo que moveré el buró para dejar más espacio junto al escritorio o quitaré la caja de la entrada… No tengo nada pero estoy en paz, contenta.

Después de ti, puedo continuar.

Pedazos de memoria

No he de traicionarte otra vez. Lo digo de corazón, con el corazón, esforzando al corazón, invocando al corazón. Mientras, procuro ver tus ojos y sentir tu mirada. Tú me conoces. Sería inútil ocultar lo que ni yo misma penetro en mí; no lo oculto más; callo lo que comprendo porque de sobra está entre tú y yo: no puedes ignorarlo. Aunque yo lo intento.

No me haré cruces. No me dividiré más. No dejaré que me alcance la destrucción y el caos. Me alejaré de la confusión como quien se aleja de una tormenta. Negaré todo. No escucharé más. Pensaré únicamente en ti, en que me quieres, en lo ideal que sería si yo también te quisiese, si ya te quisiera. Si nunca te hubieses asomado a mí por esos otros ojos… pero ahora diré un no sin mayor alteración. Y no iré detrás de algunos pedazos de memoria que claman por cobrar vida, que se levantan moribundos, que me piden a gritos que son súplicas que los levante y vuelva a encarnarlos en mi vientre, en mi seno, en mi palabra. Quieren vivir. Piden vida; la misma que yo pido. La que busco en esta vida que no es vida.

Como ellos me levanto hacia ti. Así como ellos vienen a mí, me arrastro a ti y clamo en gritos que son súplicas: Sálvame con tu amor. Acéptame en ti. En tu corazón incomprensible, inabarcable, imperturbable. En tu amor inmutable y receptivo.

No volveré a traicionarte otra vez. Procuro convencerme. Lo digo para mí. Porque lo que conozco de mí no es confiable.

Por lo demás, tú me conoces. ¿Podría engañarte?

Mujer moderna

Mi madre me miraba desde la ventana diciendo, mientras movía la cabeza de un lado a otro negándome cualquier posibilidad de éxito, Va a secársete el cerebro y ya no podrás pensar. Mira, lo que debes hacer es buscarte un maridillo que no sepa la ‘o’ por lo redondo pero que te mantenga… ¡Muchacha, atiéndeme!

Yo estaba leyendo un libro que hablaba de ciertas éticas relativas o relativizables, de valores morales a capricho de no sé qué pensador famoso y actual que pretende que la educación se haga mediante el dialogo amistoso entre padres e hijos… (¿A quién le importa?) Y miraba a mi madre con el rabillo del ojo. “¿Por qué no me voy?” dije para mí, pero el sol caía con tal violencia que era mejor escuchar esa perorata absurda.

Deja ya esos libracos de muchacha sin quehacer… ¡Por lo menos aprende a cocinar! ¡Va ha hacerte falta para que te mantengas, o para tengas contento a tu marido! El sol es en verdad un amigo encimoso: calentaba mi cabeza al mismo tiempo que mi madre. Ya había cerrado el libro y buscaba en los cirros rojizos el rostro de mi príncipe absurdo; aquel por el que me apuraba mi madre. Y ella continuaba hablando, creo que sonreía por algo que había dicho y le había parecido gracioso…

¡Ya te veré!, enfatizó, Ya te veré con el maridito apurándote…  a ver si con él te haces maje, a ver si con él flojeas como lo haces… Te traerá moviendo la escoba por todos los rincones de la casa y a todas horas…, y se reía, burlona, como mirándome en un cuartucho de lámina a las orillas de la ciudad donde la marginación no puede ser más extrema, y se ríe.

No es posible continuar filosofando. En las condiciones ultrajantes en que me hallo, ser una mujer moderna no es posible.

Buscaré el depilador: es la modernidad asequible.

Las mariposas

Era una mariposa de color rojo. Era un rojo como de rosa. Y sus alas eran un montón de pétalos de rosa. Era grande. Cuando entré se vino sobre mí. Me hice a un lado. Pero ella volvió sobre mí, contra mi mano derecha, mordiéndome los dedos, mordiendo el anular. Manotee al aire, espantándola, asustada, mirando sus extrañas alas maravillosas, maravillada. Ella seguía sobre de mí. Contra mi mano.

Era una pequeña mariposa blanca la que se acercó a mi oído y susurró algo. No recuerdo qué.

Alguien esparce polvo de oro alrededor de las casas.

La hija

Para Ña Piedad

Ligeramente asomó la cabeza después de oír los pasos. Viene Hestia. Apresurada, de una pila de sillas despegó la que había comprado el último domingo de cuaresma, la puso frente a la hoja abierta de la puerta y sentándose abrió el devocionario pequeño y azul. Sus diminutos ojos detenidos sobre las letras negras se levantaban como si alguien pudiera descubrirla en un asunto inapropiado, entonces furtiva observaba el suelo grisáceo de la calle procurando alcanzar alguna sombra. ¡Dios mío! he dejado la olla de verduras en la lumbre. Permaneció sentada aguzando el oído pues los pasos habían dejado de escucharse. Restiró su falda negra y miró su blusa con encaje en el pecho. No es Hestia, ¿será la niña de Blanca?

Cincuenta años atrás tuvo una blusita blanca con encaje en el pecho. Su padre la había traído de la ciudad de Puebla. Ella se ponía la blusita y salía a las calles con su canasto colmado de semilla de cacao. Estaba segura de que ninguna muchacha del pueblo podía sentirse igual ni caminar con el porte suyo ¡Qué blanca era la blusa y qué bien contrastaba con su cesto lleno de semilla negra! Por la calle de la Inmaculada, sentada en una silleta de palma, la tía Luz le gritaba gozosa: ¡Adiós, Pedacito de corazón! y ella sonriente y radiante respondía cortésmente: ¡Buenos días tenga usted, tía Luz! y cruzando las manos pedía la bendición. ¡Serás feliz, Pedacito, serás feliz porque eres buena hija…! musitaba la anciana mientras la veía bajar por la calle que entonces no tenía cemento grabado con líneas paralelas como ahora. (O acaso no las había visto).

Algún día la niña de Blanca será como Hestia y Hestia será como yo de la misma manera en que yo soy como fue la tía Luz hace tantos años. Me acuerdo del rebozo de hilo blanco que tenía la tía, no había otro igual en el pueblo ni en los alrededores. Su padre lo había traído de Tulcingo para la abuela Jacinta, pero finalmente como Luz era la hija se lo dio a ella. También mi blusita blanca era para mi madre, pero como yo era la hija me la dieron a mi. Hestia se quedó con un paño de seda. ¿Qué irán a darle a la hija de Blanca? Aunque la hija de Blanca deja ver que tiene carácter; tal vez no sea la hija, pero debería. Por eso cuando pasa le digo que será feliz, pero ella no es cortés conmigo y me mira como un perrillo desconfiado y hasta camina más deprisa. No sé qué pasará con ellos. En cambio, Hestia es más tranquila; y no por eso, estuvo a punto de no cumplir su destino andando de enamorada con el tortillero que venía de Las Palomas. ¡Ah! ¿Acaso no olvidaré algún día al joven aquél que vino de Chiapas? Pero a estas alturas de mi vida… Me dijo que le partía el corazón y el mío quedaba muerto, pero era la hija.

Pobre Hestia, le ofreceré un pan de dulce o un refresco. Dejó a un lado el devocionario y asomó nuevamente la cabeza. Los pasos sonaron más pesados y cercanos. Es Pedro. Se levantó, agarró otra silla de plástico verde y la dejó a un lado suyo. El reloj de la iglesia dio siete campanadas. Ella miró el reloj. Sí, son las siete. Luego creyó escuchar los pasos en la acera y restiró de nuevo la falda negra y la blusa con encaje, acercó un poco más la vieja silla verde cuando se percató con cierto sobresalto que los pasos se alejaban. Va a la casa de Liborio. Subió los pies en la silla verde, agarró el devocionario, lo abrió al azar y cerrándolo suspiró. Mis padres. ¡Cuántos años los cuidé y al final me dejaron sola! ¡Sola! Pero cumplí mi deber.

Prendió el televisor. Mañana jueves se van Pedro y Hestia; y la hija de Blanca apenas se deja ver por esta calle. Otra vez tendré que esperar horas y horas para mirar gente, para hablar con alguien. Ojalá Hestia renuncie a ser la hija, y la niña de Blanca renuncie también a su destino. Subió el volumen mientras el reloj de la iglesia repicó siete veces otra vez.

La paloma

Llegó hasta mí. Se posó suavemente y contemplé su plumaje blanco y un par de manchas grises y azuladas, parecidas a los pies de las nubes que traen la buena nueva de la lluvia.

Me alegré mucho al verla llegar; quise cogerla y estiré la mano derecha pero ella dio un corto brinquito, huyendo apenas de mí, casi fingiendo. La miré con ternura, y decidí no tocarla cuando comprendí que estaba lastimada de una pata; al menos eso mostraba en su conducta, aunque luego alcancé a verle la pata izquierda y tenía un suave color rosado, como de buena salud.

Me quedé contenta y me conformé con su llegada. Resolví no intentar tocarla, pero ofrecerle de comer. La miré otra vez, echadita y tranquila, y me vi a mí misma, de pie.

Estrella de hielo

Gabriela corría primero, pero pronto comenzó a volar. Las noticias eran terribles. El corazón iba con tal reciura que lo tenía entumecido igual que entumecido tenían el cuerpo los indigentes de París. Sus ojos eran incapaces de lágrimas. París moría asolado. Desolado. La cruel lluvia helada había dejado la ciudad en total aislamiento; nada producía calor ni alimento. Las imágenes emergían rápidas y yuxtapuestas en su pensamiento como una sesión fotográfica. Gabriela veía hombres de mirada moribunda y mujeres de rostros afilados sosteniendo niños cadavéricos.

Volaba sobre cumbres de una tierra ignota cuando supo que la lluvia había cesado. Encontró entonces a Gabriel. No se habían visto antes pero se reconocieron. Con rapidez se dirigieron a Paris. Ella fue la primera que descubrió la estrella. ¡Preciosa estrella que brillaba con una luz clarísima!¡Preciosa estrella dolorida! La dulzura de su corazón rozaba finamente ese cuerpo extraño y maravilloso; lo recogió arrimándolo junto a su pecho.

Entonces llegó Gabriel. Lo tomó de entre sus manos y lo engarzó en un armazón de oro, labrado y de la medida perfecta, la estrella caída vertía una lucecita suave y firme desde su centro transparente. Gabriel se elevó lentamente. Con la mirada le dijo adiós y se perdió entre las nubes.

Gabriela comprendió entonces que se había llevado su propio corazón.

Las tres mujeres (2ª. parte)

Al parecer, la mestiza llevaba las enaguas alzadas y brillaban las pantorrillas húmedas, sus pies menudos y sus dedos frescos confirmaron las proporciones perfectas del cuerpo, y eso fue lo primero que Pedro vio. Que si la trenza era gruesa, abundante y negra, que si la nariz pequeña y recta, que si la piel era blanca y los ojos cristalinos con el brillo de la luz lo supo con una punzada en el pecho. No era un niño. Sabía de mujeres tanto como se lo permitía el ir y venir entre mozas y esclavas de sus últimos diez años. Pero la mano suave que le tendió el jarro lleno de agua fresca aquella tarde se quedó en su mente para siempre, o por lo menos durante muchos años. Si pasó un mes o un año no se sabe, pero así fue que desde entonces Mariana se encargó de servir el desayuno del señor, el almuerzo del señor, la comida del señor, la cena del señor, y todo lo que Pedro necesitó, y así fue también que hablaron de sus vidas, y él se conmovió por la historia desafortunada de Mariana, y ella admiró los trabajos por la fortuna recibida.

El confesor de Pedro, un joven párroco recalcitrante y puritano, observante de que el cirio blanco fuera verdaderamente blanco, fue el primero que supo sobre la palabra dada entre ellos, y claramente advirtió la inconveniencia. Fue quien puso en hilos a doña Teresa apenas verla, eso sí, sin violar el voto del secreto de confesión. Que se anduviera con cuidado de las mujeres que entraban a la casa, que esas desavenidas son mañosas, aunque tengan cara de buenas, y que, en fin, él cumplía con ponerla en aviso por agradecerle las limosnas que tan piadosamente entregaba. La limosna no era poca, claro. Desde el acompañamiento por la tempestiva agonía de su esposo, doña Teresa no escatimó en gastos. Su generosidad alcanzó los siete mil pesos tan solo entre el entierro de gran pompa, que tuvo treinta sacerdotes de capa y cincuenta indios cantores alzando el réquiem al cielo, con nueve descansos divinamente ataviados con tela negra donde el humo de las velas y el murmullo de los acompañantes daban la impresión de un enjambre, y un novenario de misas cantadas, con ofrenda, vigilia y sermón. Pagaba también una lista de cien misas por las ánimas del santo purgatorio, y alrededor de quinientas repartidas entre la Virgen Santísima, san José, san Francisco, con cuyo hábito habían amortajado el cuerpo, y de tantos otros santos como fuere necesario para cumplir con la santa madre Iglesia. Y, para las honras, durante el mes de agosto en que había descansado en paz Ramón, se mandaba el novenario de misas cantadas, con sermón incluido, además de una generosa contribución a la fiesta patronal por tres años consecutivos, es decir, por tres aniversarios, pagando desde la vestimenta de los bachilleres que antes ya habían acompañado el cuerpo, hasta la cerería y los cohetes de las vísperas. Y todo por el mismo bien: la salvación del alma del difunto.

Por otra parte, el cura ya había tomado cartas en el asunto, y como era también el confesor de Mariana, había empezado por lo primero, que era sermonear a la muchacha y ponerla en su lugar. Una pobre huérfana no puede aspirar a tanto, no puede ser tan atrevida, ¿qué aportas al matrimonio? Pones en riesgo a don Pedro, es más, tú misma vas a sufrir. Le dijo. Es de suponerse que los argumentos del buen hombre eran, hasta cierto punto, ciertos y sinceros. O tal vez más ciertos que sinceros. ¿Qué ganaba él con que ese matrimonio no se llevara a cabo? Los pesos que daba Teresa bien podía regalarlos Pedro, lo comprendía, o por lo menos lo imaginaba. Pero también conocía los alcances de doña Teresa, y no era conveniente que fuera a platicar con la esposa del gobernador, ni con algunas mujeres de los hombres del cabildo, y mucho menos era conveniente que se tomara el asunto en mano propia, que era peor, como sucedió.

Mariana no era tonta, pero no sabía de dar batallas; su arreo era estar tranquila y sobrevivir. A pesar de eso, no se intimidó a las primeras. Y dio fe de que su amor por Pedro era sincero, que su amor bastaba para sobrellevar cualquier problema, que ella le amaba y que él le correspondía en los mismos términos. El mismo Pedro mostró la intención recta de sus amores y le pidió al santo cura que por favor hablara con su madre, porque había puesto el grito en el cielo para subir sus apuestas. Esa unión no se llevaría a cabo. Aunque pronto comprendió que el cura era otro problema. Así que fue a Valladolid, él a caballo según para viajar rápido y ligero, pero al paso de una caravana que se atascó más de dos veces y que tuvo el eje de la rueda destrozado otras tantas, y fue casi exclusivamente para hablar con el obispo y pedirle que mandara al cura no suscitar dimes y diretes en la comunidad, y menos entre madres e hijos que siempre habían tenido entendimiento y amor. El señor obispo lo recibió a las quinientas y le dictó a su secretario unas líneas dirigidas al santo. Y el santo miró el papel fijando los ojos, luego lo doblo, y resolvió que todo seguía en las mismas. Finalmente, así las cosas, Pedro no encontró quién lo casara con Mariana, y Mariana estuvo sometida a los vientos que doña Teresa quiso soplar antes de que los dos se dieran cuenta.

Continuará

Las tres mujeres

Aunque es un recurso gastado comenzaré así. Primero porque así sucedió, y segundo porque nunca he tenido mucha imaginación. Hace unos días me llegó algo inesperado. El sobre de un hombre que no conocía, pero cuya letra me recordó los manuales de caligrafía que hojeé en aquellos años de estudiante en la preparatoria. El sobre blanco contrastaba con el papel amarillento de la carta, tenía unas leves manchas de humedad y tenía fecha de siete semanas atrás.

Tenía mi nombre, sí. ¿Era para mí? No lo sé. Tal vez solo equivocó los datos. Saben los que me conocen que soy taciturno, de horarios fijos y de pocas relaciones sociales. Voy a la oficina a las seis de la mañana, al llegar enciendo la computadora y me la paso capturando datos que me envían los de mercado, y salgo a las seis cuando el sol nada más se intuye por la luz blanca de la tarde. Así que me sorprendió recibir un sobre. Sin embargo, ya que estuvo entre mis dedos lo abrí con emoción contenida, y descubrí que esa letra era fácil de leer. Así me encontré con la vida de tres mujeres, tres historias cortas que les referiré aquí.

Mariana fue una mestiza pobre, y aunque quien escribe alaba su belleza, remarca que tenía dos grandes defectos, dichos ya, que era pobre y que era mestiza. Se enamoró de Pedro el heredero de la hacienda y de la mina de plata, y Pedro se enamoró de ella. Por una vez en la vida amó, y su amor fue tal que no usó de sus derechos de amo y le pidió matrimonio. ¡Qué feliz se vio Mariana! El trabajo en la cocina de pronto estuvo iluminado, acarrear agua, ir al huerto, destazar las aves, todo escondía, como dicen, el brillo y la esperanza del amor. Y Mariana le quería, no por la hacienda ni por la mina, le quería por que sí, porque tenía la mejor estampa del mundo, porque los castigos más grandes que infringía a los esclavos eran horas extras de trabajo, y jamás dio orden de azotar o de matar, ni siquiera cuando acusaron a Juan y a Miguel por haberse llevado medio costal de maíz.

Todos sabían que Mariana era huérfana. De su abuelo se decía que había sido un bastardo dedicado a robar ganado por el sur, y que llegó al pueblo a malgastar el dinero. Su padre, un hijo de la casualidad, llegó a la hacienda con una escuincla de escasa edad y cuerpo irrisorio, trabajó como campesino y murió un par de años después. No había más. Nunca supo quién fue su madre. A ella la había parido el aire. Se arrimó en la cocina donde le regalaban un poco de comida, se ofrecía a ir por agua, a lavar las piedras del camino por el que entraban y salían ya que no le permitían entrar, y así creció a la sombra de la mendicidad y la compasión. La cocinera, una rechoncha y buena mujer, le dio una muda de ropa y la mandó bañar, comprendió que la niña no era niña sino mujer, y que pronto estaría al alcance de los hombres, así que habló con doña Teresa que le permitiera tener una ayudante, que por su edad la requería, que le rogaba mucho, que no costaría más que dos platos de comida y unas mudas de ropa, y que, en cambio, si buscaban otra podía costar hasta un jacal para vivienda. Y así entró Mariana a la hacienda. Y lo que nunca, por esas cosas que dicen del azar o del destino, a una hora moribunda entro Pedro a buscar agua.

Continuará.

Canto de consolación por el amor perdido

No hubo diálogo internacional

apenas breves intervenciones

            y se perdió el sur,

            todo el sur

en parafernalios sueños

Santa Anna me dio consejo

            y se perdió el sur,

            todo el sur

Meche Sosa se burlaba

a buen toque de guitarra

            y se perdió el sur,

            todo el sur

en ruinas quedó el país

por la mitad se partió

            y se perdió el sur

            todo el sur

no hay camino, no,

que no mire a esa frontera

            Y se perdió el sur

            todo el sur

aún lloro por esa tierra

            se perdió el sur

            todo el sur

En una mirada


¿Cómo restaurar la humanidad

mientras asoma la tarde

me pregunto   cariño mío?

Si acaso estamos vivos

si cuando encontré tus ojos

nos leímos bien

Ayer brilló la luna y la contemplé

imaginando que permanecíamos uno junto a otro

con nuestros miedos y arrojos

Luego pensé en la gente del mundo

que sufre la violencia de tantas inquietudes

que tiene árida la esperanza

pero mitiga el hambre y la sed

el agotamiento y el sexo

sentada frente al televisor

y ante las injusticias

sólo exclaman ¡Es una pena!

¡Cuánta maldad hay en el mundo!

¡Qué Dios nos proteja!

Yo pienso en ti  cariño mío  mientras

lloro de tristeza  ¿Qué haremos juntos?

¿Qué haremos separados?

Afuera el hombre vive al día

camina con la celeridad del google glass

y la multitud de idiomas a cuestas

–¡Todo es progreso!–

Pero mi corazón se aprieta

Y pienso en ti   El presidente                  

el policía  el tendero

el vecino  el microbusero y la puta

jugando a que somos felices

a que la tierra gira   a que es suficiente

trabajar  coger  tomar cerveza

Y no digo nada que tú  cariño mío  no sepas

No digo nada que a ti  carne mía  no te duela

Y el ir y venir de mis pensamientos

que tan pronto van a ti   entibiando

con tu recuerdo mis piernas

se encamina a las niñas violadas

a los obreros con sus pies asalariados

a los que talan árboles y aniquilan ceibas

a los que han olvidado que sale el sol

por el oriente todavía

¡Cariño mío! ¿Qué haremos si apenas somos

una mota en la arena?

Desearía tener un cincel con punta universal

Cariño mío  ¿Qué haremos?

Si no puedes mirarme  si no puedo mirarte

¿Acaso se puede restaurar la humanidad?

¿Dónde hallaremos la esperanza? ¿Debe un ángel

tomar carne para consolarnos?

No tengo palabras que sean mías

Con tristeza enuncio

No tengo palabras que sean mías  cariño mío

Solo me quiebra mi pueblo

Solo me aturde esta querencia

Espanto

Volvieron. Fue en la noche del 25, en las vísperas de la Reverberación de Santa Teresa la Mayor. Estaba acostada donde dormía antes de venirme a la casa de la ciudad, a la entrada del cuarto de teja en aquel galerón tan fresco que había levantado tío Talo. Ya era entrada la noche cuando comenzaron a llegar.

Los presentí poco antes porque sentí luego ese espanto sin motivo que suele anticiparlos; la piel se llena de pequeñas contracciones que erizan los vellos, en el corazón se forman bolsas de aire que ahuecan, y la mente se pone alerta. Y, efectivamente, llegaron. Pero ahora tenían pequeñas cabezas y no eran invisibles como suelen serlo. Además, tampoco era uno, grande, sino que eran muchos y pequeños; como cabras diminutas en manada se subieron arriba de mí, avanzando, trepándose por mis senos y deslizándose por mi vientre, alcanzando mis piernas y las puntas de los dedos de mis pies. Me llené de su fealdad en un instante y me convertí en un campo abierto, con una geografía hirsuta, árida. Y Pánico cabalgó desde los cuatro puntos cardinales como un viento. Violento. Creando un fuerte centro de choque.

En el momento en que me creí perdida recuperé la consciencia. Y volví sobre mí como quien se vuelve ansiando encontrar víveres para la supervivencia. Y así, en un jirón de mí sobre mí, pensé en Dios. Y confié. Al cabo de un rato, no se dónde se formó un corazón, extraño, suave, vivo y al mismo tiempo dibujado, y supe que era tu corazón, y que ellos se marcharían sin secuelas ni retorno, y que tú te quedarías conmigo. Y ya no importó que ellos estuvieran encima de mí porque no podían tocarme; siendo mi cuerpo sobre el que caminaban, yo estaba contigo, junto a tu corazón.

En espera

Hace siglos que dejé el vicio de la pluma. Poco después también olvidé el uso del lápiz y la goma. Olvidé todo. Los pocos albores de los tres años se desvanecieron con la primera penetración; y aquella profunda dulzura furiosa que, dicen, arde en los besos, quedó ahogada en la telaraña de una boca salivosa a los seis años y medio. ¿Qué puede sobrevivir?

Se fueron mis manos y mis pies cuando estuve lista para parir el primer hijo. Fue una atroz coincidencia. Primero apareció un gemido agudo en medio de la noche, luego fueron quejidos gozosos. Estuve creyendo que si permanecía estática todo acabaría rápido, pero se prolongó tanto que di manotazos a los proyectos. Así acabé alejándolos. La primera vez tenía quince años; la segunda no sé.

Quedó una tumba. La ausencia de la pluma y del lápiz están ahí ocupando un tiempo y un espacio, el extraño hueco de la goma trabaja.

Habrá que buscar. ¿Pero qué buscamos? Al amanecer caminé hacia el campo, extendí mi mano, hacía frío y se divisaban algunos lejanos puntos brillantes en el cielo, quise que fueran estrellas. No había deseos. O tal vez sí en el microcosmos que soy.

Se escucha el latido.

Meditaciones diarias y 3 minutos para Abbá

Queridos visitantes, hoy les comparto una serie de vínculos donde podrán encontrar meditaciones y breves pensamientos para elevar nuestro corazón al Padre, además de breves reflexiones cuaresmales. Estos son impartidos por el hermano Elías, de la comunidad Agnus Dei, a la que pertenece el grupo Harpa Dei. Entonces, ojalá puedan seguirlos a través de alguno de los link para fortalecerse en el Señor.

«Queremos compartir con vosotros que, desde hoy, Miércoles de Ceniza, hasta el Sábado Santo, ofreceremos una especie de «retiro espiritual» a través de las meditaciones diarias y los «3 minutos para Abbá», para prepararnos lo mejor posible para la gran fiesta de la Pascua. ¡Os invitamos cordialmente a uniros a este «Retiro Cuaresmal» y, en la medida de lo posible, a compartirlo también con otras personas!»

Aquí podéis seguir las meditaciones diarias

WHATSAPP: https://whatsapp.com/channel/0029Va92tsACcW4lATMygj1x

TELEGRAM: https://t.me/MeditacionesDiariasHnoElias

YOUTUBE: https://www.youtube.com/@Meditaciones-Diarias-Hno-Elias

SITIO WEB: https://es.elijamission.net

Y los “3 Minutos para Abbá”:

TELEGRAM: https://t.me/+zfwibR8nc6RlZGEy

SITIO WEB: https://es.elijamission.net/category/3-minutos-para-abba/

En el amor del Padre, 

Hno. Elías & Harpa Dei

Ejercicios espirituales ignacianos 6ta llamada

Gratuitos y en línea

Esta vez el padre Lombardo nos habla de LIMPIEZA ESPIRITUAL y no, no se refiere a lo que los esotéricos y afines hacen, sino al cuidado que debemos tener cada uno de nosotros del estado de nuestra alma. Hacer Ejercicios Espirituales es un medio para ver el estado de nuestro alma, para escombrarla, para ver qué es útil y que no es útil a nuestra salvación.

Es como ir al desierto, nos dice, y en el desierto siempre habrá ciertos peligros para los que habremos que ir prevenidos. Ahora, en los Ejercicios Espirituales vamos con el Señor, pero ¿realmente queremos ir al desierto? ¿Qué nos puede impedir ir a este desierto espiritual? ¿El miedo? ¿a qué es el miedo? ¿a nuestros pecados? ¿miedo a fallar?

Se nos exhorta a ir confiados en el Señor, a ver que si logramos ver nuestros pecados, si logramos percatarnos de nuestras caídas, no es para desanimarnos y dejarnos en la lona, sino para que nos animemos a levantarnos y a dar la batalla, pues ¿Cuántos hay que estén conscientes de sus pecados y caídas? Entonces debemos aprender a observar cuál es el fruto de nuestra tristeza, incluso cómo es el miedo que sentimos.

Esta charla es ya el preámbulo de los Ejercicios Espirituales, pues les recuerdo que inician el próximo 18 de febrero, un video al día con una duración aproximada de 1 hora hasta el 8 de abril.

Ánimo! El que los ama los espera a través de estos Ejercicios.

Página de los Ejercicios: https://ejerciciosespirituales.org

Telegram: https://t.me/Ejercicios_Ignacianos

Canal WhatsApp cuaresma: https://whatsapp.com/channel/0029VaK3kCM9RZATP9zXfH0G

App de los Ejercicios:

Android: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.churomobile.ive.ejercicios

iOS (Apple): https://apps.apple.com/us/app/ejercicios-ive/id1505764506?l

Ejercicios espirituales ignacianos 5ta llamada

Gratuitos y en línea

La invitación que nos hace el padre Lombardo en este día es fuerte: busquemos nuestra salvación, sí, pero también busquemos la salvación de los demás, porque, dice el sacerdote, «nadie entra solo al cielo».

Pero para hablar de salvación hay que saber que es posible la condenación, es posible vernos privados de la presencia y del amor de Dios. Así hace referencia a san Faustina, la apóstol de la Misericordia, a quien Dios permitió conocer el infierno. También detalla los efectos que tuvo la visión del infierno en la pequeña Jacinta de Fátima, y el afán verdadero y profundo que la hacía estar en un continuo acto de penitencia por la salvación de los hombres, para que ninguno fuera a ese lugar a sufrir la condenación eterna.

Pero ¿Cómo creer en el infierno? ¿Cómo aceptar que es urgente luchar por la salvación de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos, de cualquier persona? ¿Cómo hacer apostolado?

Bueno, el primer paso está en «conocer lo que debemos creer, lo que debemos desear y lo que debemos cumplir» como diría santo Tomás de Aquino, o en otras palabras, en nuestra formación espiritual para conocer a Dios y conocernos a nosotros como realmente somos y lo que podemos hacer para salvarnos…

Para ello están los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Por eso el padre Gustavo invita a sumarse a los ejercicios por diversos medios, el que sea más fácil de usar: directamente en la página de los Ejercicios, por WhatsApp, por Telegram, por Youtube e incluso en la App de los Ejercicios, donde escucharás las meditaciones diariamente.

El tiempo apremia, y los Ejercicios se acercan.

Saludos en Cristo y María.

Página de los Ejercicios: https://ejerciciosespirituales.org

Telegram: https://t.me/Ejercicios_Ignacianos

Canal WhatsApp cuaresma: https://whatsapp.com/channel/0029VaK3kCM9RZATP9zXfH0G

App de los Ejercicios:

Android: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.churomobile.ive.ejercicios

iOS (Apple): https://apps.apple.com/us/app/ejercicios-ive/id1505764506?l

Ejercicios espirituales ignacianos 4ta llamada

Gratuitos y en línea

Queridos visitantes, esta vez les comparto tardíamente el cuarto video que trasmitió el padre Gustavo Lombardo invitando a los Ejercicios Espirituales online. Más vale tarde que nunca, y más en cosa tan importante para nuestra salvación.

Va esta vez con pocas palabras de introducción, pero con el mismo deseo de servir.

En Cristo y María.

Ejercicios Espirituales ignacianos 3er llamada

Gratuito* y en línea

Querido visitante, te comparto el vínculo a la charla que dio el padre Gustavo Lombardo, IVE, ayer 21 de enero, para dar una tercera llamada, invitándonos a realizar estos Ejercicios que iniciarán el 18 de febrero próximo, día miércoles de ceniza.

Sabemos que muchas actividades cotidianas nos absorben, que son necesarias para vivir y alegrarse, pero ¿te has preguntado si eso es suficiente para ti? ¿O la soledad es demasiado pesada y dolorosa hasta hacerse insoportable, hasta tener que llenarla con relaciones tóxicas, con vicios o con programas que denigran nuestra capacidad pensante y sintiente?

Eres demasiado valioso a los ojos de alguien. Eres alguien que causa heridas con tu rechazo o tu indiferencia. Te hablo del que espera con ansias que esta cuaresma le regales una hora de tu día para pensar en Él, para que otros te hablen de Él, para que lo conozcas a Él. Y no, no te hablo del ejército de sacerdotes que se unen para llevar a cabo esta maravillosa obra de ejercicios para el alma. Te hablo de Dios. Te hablo de Jesús de Nazareth.

Aquí está el link. Te espera la oportunidad de que escuches algo que encontrarás en los ejercicios, como qué tipo de voluntad tienes, qué es la oración, cómo hacer una buena elección, y muchas otras cosas que sacudirán la carga pesada que llevas y te harán caminar más lligero.

*Con gratuito quiere decir que no tiene costo obligatorio, pero se agradece si voluntariamente se hace alguna donación por mínima que sea.

Aves Marías Mayores

Un obsequio a la Santísima Virgen es rezar las tres Aves Marías conocidas como Mayores, están enfocadas a ensalzar afirmando y reafirmando la Virginal Pureza de nuestra amada Madre, y se las comparto en el modo más sencillo, pues es costumbre en México, Edomex y Puebla, por lo menos, rezarlas agregando alguna intención particular al obsequio de nuestras virtudes teologales, según el Espíritu Santo inspira a quien ora. Una verdadera joya de la que verán grandes beneficios al ofrecerla con devoción y frecuencia.

Aves Marías Mayores

Dios te salve María, Hija de Dios Padre, Virgen purísima y castísima antes del parto, en tus manos ponemos nuestra FeDios te salve María, llena eres de gracia…

Dios te salve María, Madre de Dios Hijo, Virgen purísima y castísima durante el parto, en tus manos ponemos nuestra EsperanzaDios te salve María, llena eres de gracia…

Dios te salve María, Esposa de Dios Espíritu Santo, Virgen purísima y castísima después del parto, en tus manos ponemos nuestra Caridad, te suplicamos que intercedas por nuestra salvación y por el remedio de nuestras necesidades… Dios te salve María, llena eres de gracia…

Dios te salve María Santísima, Templo, Trono y Sagrario de la Santísima Trinidad, Virgen concebida sin pecado original, líbranos de vivir y morir en pecado mortal.

Oración de la Sombra del señor san Pedro

Autor anónimo*

[Santo apóstol divino,
Relicario del Señor,
Tú serás mi buen camino
Y serás mi defensor.]
Oh, gran apóstol celestial,
Oh, príncipe poderoso,
Con tu poder milagroso
Líbranos de todo mal,
De robos en camino real,
De pleitos y heridas mortales,
De los bravos animales
En cerros, montes y llanos,
Pues te [invocan] los cristianos
A ti y a todos los santos,
Nos librarás tú de espantos,
De brujos y de hechiceros,
De los fuertes aguaceros,
De rayos y torbellinos,
Y de los malos vecinos
Que intenten hacernos mal.
Oh, gran apóstol celestial,
De peste y de todo mal
Nos has de favorecer,
No nos dejes perecer,
Ampáranos de tal suerte,
Para que a la hora de la muerte
Logremos cantar victoria
De este mundo tan atroz,
Para ir a gozar de Dios
Y ganar su santa gloria.
En fin, y en la última hora
Cuando a Juicio sea llamado
Que reciba confesado
La Sagrada Comunión.
Danos tu bendición
Pues con ella he de vivir,
[Tu sombra me ha de cubrir
Y librar de todo mal,]
Oh piedra fundamental
Del Templo del Señor,
Hoy te pide un pecador
Que le mandes el consuelo
Y que a la hora de la muerte
Le abras las puertas del cielo.
Amén.

*Esta oración se trasmitió del bisabuelo materno, Francisco Díaz, a su hija, mi tía-abuela Chonita, hoy de más de 90 años, quien la trasmitió a mi hermana que tiene la memoria de Funes, gracias a Dios. La he buscado en la web y encontré oraciones diferentes y una sola versión parecida, por lo que decidí rescatarla para toda la comunidad católica que desee acogerse al Primer Apóstol Príncipe de los Apóstoles, san Pedro, quien recibió las llaves del Reino.

Es una oración poderosa, lo mismo que la oración de la Vela Maravillosa que les compartí hace tiempo, precisas para estos tiempos de gran turbulencia social y de innegable despliegue del mal. Por esta razón esta vez no sólo las rescato para la web, sino que se la comparto en PDF para que puedan descargarlas juntas. Las imágenes que traen los archivos fueron descargadas de internet para uso gratuito y sin fines de lucro.

Con el deseo de servir a Dios y a ustedes,

Saludos en Cristo y María,